La lapa. Patella caerulea, Patella vulgata

 

La lapa es un cebo habitual, casi un clásico de los cebos para pescar en la costa. Pero eso no significa que sea el mejor cebo, ni siquiera que sea bueno para un amplio grupo de peces.

De hecho, la lapa es más que nada una carnada de urgencia, un animal que está siempre disponible en cualquier punto de nuestras costas, incapaz de escapar y, generalmente, a nuestro alcance.

Y, si es cierto que algunos peces picarán a este cebo, también lo es que muchos lo despreciarán, o sólo lo atacarán cuando no tengan posibilidad de conseguir otro sustento.

La lapa nos recuerda a un caracol, con sus minúsculos cuernecillos y su concha durísima que preserva sus órganos internos. Se pega a las rocas mediante un pie carnoso convertido en ventosa, precisamente la parte con la que encarnaremos. Es quizás, su dureza la que más desanima a sus posibles presas.

No obstante, para algunos espáridos de cierta talla y, especialmente en invierno, cuando escasea el alimento, la lapa pueda ser una alternativa razonable.

Funciona mejor a fondo, en aparejos robustos destinados, por ejemplo, a grandes sargos. De hecho, en las entrañas de estos peces suelen abundar los restos de lapas jóvenes, lo que también nos proporciona pistas sobre la potencia de sus mandíbulas y su acerada dentición.

En nuestras costas existen varios tipos de lapas, aunque, a efectos de su utilización como cebo, no cabe hacer muchos distingos. Todas ellas son de régimen litoral y se alimentan de las algas que revisten las rocas.

Las lapas son moluscos comestibles que se desplazan muy lentamente, sobre todo de noche. Su consumo es mínimo, restringido únicamente a algunas personas, generalmente habitantes de pueblos pesqueros. Se pueden condimentar con limón, en crudo, pero también admiten distintos guisos, hoy en día casi olvidados.

 
 

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