El Río Brazomar: Crónica de una muerte anunciada

Este río de tan evocador nombre es en realidad eso: un brazo de mar que penetra unos pocos kilómetros en tierra. Es un riachuelo de los muchos que jalonan la cornisa cantábrica y, como tantos otros, hasta hace unos pocos años, contaba con una buena población de trucha común, algún reo y unas cuantas anguilas.

Llevaba poco agua, pero suficiente, y siempre que nos asomábamos al puente de Sámano descubríamos tres truchas que se escondían nerviosas bajo una roca. Clásico río cántabro, pequeño, nunca repoblado, con sus poblaciones autóctonas mermadas pero estables... Cierto es que las sequías estivales le hacían daño y que sufría marcados estiajes. Además, la creciente presión humana hacía disminuir progresivamente su número de ejemplares de trucha, pero el riachuelo, de unos pocos kilómetros de longitud y de una anchura media de menos de tres metros, parecía aguantar el tirón. Debilitado como estaba, hace un par de años aún era propicio para pescarlo con unos mosquitos, una vieja caña de 7 pies de bambú refundido y cierta pericia por lo escaso de sus aguas y lo avisado de sus truchas.

Hasta que el Ayuntamiento de Castro-Urdiales, único municipio por el que discurre el Brazomar, comenzó a conceder licencias para edificar en su cuenca. La canalizó con cemento, la utilizó como red de alcantarillado, la secó, la mató.

Hoy podemos ver el cauce seco en algunos tramos, en otros convertido en apestosa cloaca. El Ayuntamiento de Castro (Cantabria) no se da por aludido y su río, el río que discurre íntegramente por su término municipal se ha convertido en una alcantarilla. Eso sí: una alcantarilla gratis. Y además conserva un bonito nombre.


 

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