Por J.J. Ulrack

Hay que terminar con la pesca industrial

Hubo un tiempo en el que, si queríamos comer carne, no quedaba más remedio que abatir un animal salvaje. Es el origen de la caza; y el de la pesca.

Ese tiempo, que hoy se nos antoja remoto, se prolongó durante cientos de miles de años. Hasta que un día feliz, a alguien se le ocurrió que era mejor, más provechoso y cómodo, criar las especies más propicias para el sustento humano.

De este modo nació la ganadería y el ser humano pudo desvincular la alimentación de la caza, convirtiendo ésta última en una actividad lúdica.

Por otro lado, nuestra especie ha experimentado un crecimiento sin parangón, ha ocupado la mayor parte de los ecosistemas y ha demostrado ser una increíble consumidora de recursos. Sus necesidades alimenticias le han llevado a roturar la mayoría de los bosques y las selvas del planeta para cultivar cereal, así como desecar lagunas y albuferas, o modificar sustancialmente el medio para acomodarlo a sus necesidades.

Con más bocas que saciar, la ganadería se hizo más productiva, así como la agricultura; se consiguieron mejores resultados y, en definitiva, más alimento para nuestra especie. Es decir, tanto la ganadería como la agricultura progresaron, al tiempo que la caza y la recolección quedaban relegadas a su aspecto más lúdico y deportivo.

Sin embargo, el caso de la pesca evolucionó en sentido contrario. En vez de fomentar la cría en cautividad de ciertas especies, se optó por mejorar las técnicas de extracción, o sea, se incrementó la captura de animales silvestres.

Imaginen ahora que si usted desea comer un filete de carne o una pechuga de gallinácea, no quedara más remedio que salir a cazar a un animal silvestre, o que alguien lo cazase por usted, que viene a ser lo mismo. ¿No les parece un disparate?

Pues eso es lo que ocurre en el caso de los peces, con las escasas excepciones que conocemos propiciadas por la acuicultura.

De este modo, se ha llegado a un punto crítico: la mar está devastada, los caladeros tradicionales bajo mínimos y la mayoría de las especies comerciales se encuentran con graves problemas para asegurarse su descendencia y perpetuación en términos razonables.

La pesca industrial ha creado una situación límite. Los arrastreros pesados destrozan el lecho de los mares con unas artes agresivas en extremo, mientras en superficie se largan redes de decenas de kilómetros y cada vez menos luz. En este sentido, el caso de las redes de deriva o "volantas" es estremecedor.

La tecnología se ha convertido en una cruel aliada de la depredación intensiva y posibilita rastrear cada centímetro cúbico de agua en busca de presas. La pesca no tiene opción de escapar ni defenderse. Estamos, literalmente, esquilmando los bancos pesqueros. Y puede convertirse en un camino de no retorno.

De pronto, nos hemos dado de bruces con la evidencia: la mar no es infinita y sus recursos tampoco. Se impone, pues, crear una corriente de opinión contraria a la pesca industrial. No podemos seguir impasibles mientras vemos cómo, cada día, decrecen de forma drástica las poblaciones comerciales y se altera bruscamente el equilibrio ecológico.

Es suicida tratar de paliar las cada vez menores capturas invirtiendo en tecnología para capturar más. No queda más remedio que apostar por la acuicultura.

Comamos rodaballos, lubinas, truchas y salmones, sí, pero "de granja". Igual que comemos pollos, cerdos o vacas.

No a la pesca industrial. Dejemos la depredación para la pesca artesanal y deportiva. Ahh! Y no olvidemos el "captura y suelta" todos aquellos que disfrutamos con una caña en la mano, que no está el horno para bollos.

 
 

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