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Hubo un tiempo en el que, si queríamos comer
carne, no quedaba más remedio que abatir un animal
salvaje. Es el origen de la caza; y el de la pesca.

Ese tiempo, que hoy se nos antoja remoto,
se prolongó durante cientos de miles de años.
Hasta que un día feliz, a alguien se le ocurrió
que era mejor, más provechoso y cómodo,
criar las especies más propicias para el sustento
humano.
De este modo nació la ganadería
y el ser humano pudo desvincular la alimentación
de la caza, convirtiendo ésta última en
una actividad lúdica.
Por otro lado, nuestra especie ha experimentado
un crecimiento sin parangón, ha ocupado la mayor
parte de los ecosistemas y ha demostrado ser una increíble
consumidora de recursos. Sus necesidades alimenticias
le han llevado a roturar la mayoría de los bosques
y las selvas del planeta para cultivar cereal, así
como desecar lagunas y albuferas, o modificar sustancialmente
el medio para acomodarlo a sus necesidades.
Con más bocas que saciar, la
ganadería se hizo más productiva, así
como la agricultura; se consiguieron mejores resultados
y, en definitiva, más alimento para nuestra especie.
Es decir, tanto la ganadería como la agricultura
progresaron, al tiempo que la caza y la recolección
quedaban relegadas a su aspecto más lúdico
y deportivo.
Sin embargo, el caso de la pesca evolucionó
en sentido contrario. En vez de fomentar la cría
en cautividad de ciertas especies, se optó por
mejorar las técnicas de extracción, o
sea, se incrementó la captura de animales silvestres.

Imaginen ahora que si usted desea comer
un filete de carne o una pechuga de gallinácea,
no quedara más remedio que salir a cazar a un
animal silvestre, o que alguien lo cazase por usted,
que viene a ser lo mismo. ¿No les parece un disparate?
Pues eso es lo que ocurre en el caso
de los peces, con las escasas excepciones que conocemos
propiciadas por la acuicultura.

De este modo, se ha llegado a un punto
crítico: la mar está devastada, los caladeros
tradicionales bajo mínimos y la mayoría
de las especies comerciales se encuentran con graves
problemas para asegurarse su descendencia y perpetuación
en términos razonables.
La pesca industrial ha creado una situación
límite. Los arrastreros pesados destrozan el
lecho de los mares con unas artes agresivas en extremo,
mientras en superficie se largan redes de decenas de
kilómetros y cada vez menos luz. En este sentido,
el caso de las redes de deriva o "volantas"
es estremecedor.
La tecnología se ha convertido
en una cruel aliada de la depredación intensiva
y posibilita rastrear cada centímetro cúbico
de agua en busca de presas. La pesca no tiene opción
de escapar ni defenderse. Estamos, literalmente, esquilmando
los bancos pesqueros. Y puede convertirse en un camino
de no retorno.
De pronto, nos hemos dado de bruces
con la evidencia: la mar no es infinita y sus recursos
tampoco. Se impone, pues, crear una corriente de opinión
contraria a la pesca industrial. No podemos seguir impasibles
mientras vemos cómo, cada día, decrecen
de forma drástica las poblaciones comerciales
y se altera bruscamente el equilibrio ecológico.

Es suicida tratar de paliar las cada
vez menores capturas invirtiendo en tecnología
para capturar más. No queda más remedio
que apostar por la acuicultura.
Comamos rodaballos, lubinas, truchas
y salmones, sí, pero "de granja". Igual
que comemos pollos, cerdos o vacas.
No a la pesca industrial. Dejemos la
depredación para la pesca artesanal y deportiva.
Ahh! Y no olvidemos el "captura y suelta"
todos aquellos que disfrutamos con una caña en
la mano, que no está el horno para bollos.

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