Por Javier García-Egocheaga

El desastre del Prestige. Parte 1.

Transcurrido un mes desde la catástrofe del Prestige, además de recuento de los daños, podemos comenzar a extraer conclusiones.
Algunas, como la incompetencia de los poderes públicos a la hora de actuar en semejantes situaciones, nos la barruntábamos, aunque se han superado los cálculos más pesimistas. Pero otras conclusiones a las que llegamos viendo lo sucedido, tienen ribetes de novedad.
Vayamos por partes. En España, no sólo no hay políticas efectivas de protección civil cuando la escala rebasa el accidente de tráfico, o poco más. No hablo ya de que no exista un solo barco específico para luchar contra la contaminación o los vertidos. Ni del riesgo que suponen las plantas petroquímicas que jalonan nuestro litoral, incluido el Mediterráneo, mucho más vulnerable. Es que ni siquiera parece haber autoridad máxima en cuanto a protección civil se refiere. En teoría sí, claro. La cúspide de la jerarquía, según la ley, la ostenta el Ministro del Interior. Entonces, ¿dónde se ha metido Acebes? ¿Alguien le ha oído decir esta boca es mía?
Pero, mientras la máxima autoridad de la protección civil está missing (no sabemos si in action), escuchamos a muchas otras autoridades valerse de todo tipo de argumentos espurios para justificar lo injustificable. Muchos de estos despropósitos, como no podía ser de otra forma, son desmentidos de inmediato por la fuerza de los hechos.
La evidencia es tozuda y contundente. Se puede decir misa y cantar gorigoris, pero el fuel se encarga de poner a cada uno en su sitio y a cada orador a comerse sus palabras, en este caso, como los txipirones: en su tinta. Al día siguiente, se rectifica, se matiza o se edulcora lo que se afirmó con contundencia el anterior. Y no pasa nada.
También nos preguntamos dónde está J. Matas, Ministro de Medio Ambiente por más señas. Este ministerio de nuevo cuño, creado precisamente por Aznar, debería hacerse visible en esta crisis... ¿O no?


Y otra pregunta: ¿Aceptará el partido en el gobierno que se forme una comisión parlamentaria para dilucidar cómo hemos llegado a esto, qué se podía haber hecho, qué medidas habrán de tomarse para que no vuelva a ocurrir nada parecido?
No vamos a entrar a juzgar si se ha actuado con indolencia, con dejadez, con estulticia, o se ha tratado de un mayúsculo error de cálculo, aderezado con cierta dosis de mala suerte (que siempre acompaña). Lo que sí debemos sopesar es la responsabilidad política de aquellos que han tomado las decisiones. ¿Que eran decisiones complicadas? Claro, sin duda. Y desde aquí lo sentimos mucho. Pero si a usted le toca, y le toca en el cargo, no le queda más remedio que apechugar. Y si no, haberse metido a otra profesión y haber dejado la política para otros.


El caso es que, en este país, el concepto de responsabilidad política es, cuando menos, difuso; mayormente, para los propios políticos. Así que no nos queda más remedio que recordárselo. En política, tomar decisiones erróneas tiene un precio: la dimisión.
Lo grave es que aquí no dimite nadie. Mejor dicho: el único que ha dimitido hasta ahora ha sido un político de la oposición, en concreto de la Asamblea Regional del PSOE madrileño, que ya me dirán qué tiene que ver con nuestro asunto. Lo cierto es que este señor, Antonio Carmona, se sacó de la manga un chiste desafortunado y la fiesta no está para castañuelas. El interesado pidió disculpas y presentó inmediatamente la dimisión, gesto que le honra, aunque se nos antoja incluso excesivo. Y digo esto porque, a los que se les tenía que caer la cara de vergüenza, la llevan muy alta y están todo el día en la televisión gubernamental intentando salvarse del naufragio.
Sin embargo, cometen otro error gravísimo. De lo que se trata es de salvar la mar, la costa, los trabajos a ella asociados, el ecosistema... Cualquier cosa antes que la poltrona, por mucho que les cueste entenderlo o aceptarlo.
Por eso, desde aquí, pedimos dimisiones. Muchas dimisiones y de mucho calado.

 
 

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