Por Javier García-Egocheaga

Desastre ecológico: ahora todos los pescadores somos gallegos.

Créanme si les digo que escribir sobre el vertido en Galicia no es un plato de mi gusto. Lógicamente, hubiéramos preferido publicar un reportaje sobre algún aspecto relativo a la pesca; incluir una ficha de una especie nueva; mostrar un nudo foto a foto para que todos pudiéramos darlo con precisión en el momento oportuno.... Cualquier otra cosa, menos tocar el tema del que vamos a ocuparnos. Pero, créanme también que tenemos el cerebro, el corazón y la boca llenos de fuel, y esta sustancia repugnante no nos deja pensar en los aspectos maravillosos que tiene nuestra afición común. 

Así que, al toro:

Cuando era un chaval, solía llegar a casa con los pies llenos de galipot. A veces también llevaba manchados los tobillos y las manos. Después, me restregaba con piedra pómez para quitarme esa porquería pegajosa y me acordaba de la parentela de esos desaprensivos (y no decimos hijos de tal o de cual para no darles pistas) que limpiaban los tanques de combustible en altamar y cuyos desechos arribaban a las playas de mi infancia. Yo pescaba entre las rocas, descalzo, y sufría en mis carnes su inmundicia. Veía las manchas adheridas entre las piñas de percebes, lapidando los mejillones o ennegreciendo el pozo donde se atrincheraba la nécora y el quisquillón.

Pues bien: toda esa porquería viscosa que luego se solidificaba en la costa y mataba la vida allí donde tocaba, correspondía a unos pocos litros de fuel. No quiero imaginar –aunque es inevitable hacerlo- lo que ha ocasionado este vertido (exactamente el doble que el tristemente célebre del Exxon Valdés en Alaska) en Galicia, y que ahora, tres semanas después de la catástrofe, amenaza la costa cantábrica, atlántica y que, presumiblemente llegará al Golfo de Vizcaya.

Ese velo negro, anuncio cierto de muerte, se extiende por el océano, pero también por todo el ecosistema. Penetra como un cáncer en la cadena trófica, ciega la superficie, mata lenta o rápidamente, según, todo lo que encuentra a su paso. 

Después de tres semanas, se anuncia a bombo y platillo que va a intervenir el ejército a gran escala para limpiar las playas, mientras vemos a la flota local luchando inútilmente contra el monstruo negro. Después de tres semanas, se quiere tranquilizar a algunos afectados hablando de ayudas míseras por el paro forzado. Después de tres semanas, vemos a los líderes europeos hablando de “tomar medidas” para controlar “en lo posible” el tráfico infernal de ciertos buques frente a nuestras costas.

Después de tres semanas, nuestros políticos comienzan a hablar de habilitar comités de expertos para gestionar estas “crisis” y saber qué hacer en caso de producirse.

¡Qué vergüenza! ¡Qué asco! ¡Qué pandilla de inútiles, de facinerosos, de sinvergüenzas, de golfos apandadores! ¡Qué falta de conciencia –y de consciencia-, qué hipócritas!

El problema de fondo es que a nadie le importa un carajo hasta que el fuel no le sale por las orejas. Que en la administración –tanto central como autonómica- nadie sabe diferenciar un gorrión de una gaviota, ni un pulpo de un calamar.

Que nadie ha disfrutado de la naturaleza, y que prefieren verla de pasada en un documental tomando una copa. Que no hay políticas con fundamento ecológico y que el Ministerio de Medio Ambiente es sólo un nombre bonito en el cuaderno azul.

 

Mientras el barco agoniza escupiendo fuel a su paso, toda la preocupación pasa por alejarlo de Galicia, “a ver si hay suerte y la mancha le cae a otro país”. En caso contrario, se le echará la culpa al tiempo, al viento o a las corrientes, como si se tratase de la Armada Invencible.

Cuando se produce la primera marea negra, se movilizan unas decenas de efectivos militares para hacerse la foto recogiendo porquería en la playa. Quedó muy bien en el telediario gubernamental, pero eso no vale para nada: Saquen ustedes a todos los militares de los cuarteles, que estamos en tiempo de paz y aquí no hay más guerra que esta. 

Tres cuartos de lo mismo respecto a la Armada. Armen su buques con redes de poca luz, con aspiradores de crudo, con lo que quieran: no necesitan cañones ni misiles, sino arrimar el hombro y quitar toda la porquería posible.

Y los políticos....¡Esa es otra! Hasta que se deciden a pedir ayuda a la comunidad internacional, han pasado siete días críticos. Soliciten todos los barcos especializados y armen ustedes los suyos propios. Compren, pidan o mendiguen todas las barreras disponibles en el mundo. Pongan a sueldo a todos los expertos, asesórense por los mejores, dejen de lado su prepotencia y deleguen en los profesionales para resolver un problema que no saben manejar. Muévanse, señores, que cada minuto es oro. No lo dejen en manos de la mar confiando en que se lleve su problema a otro lado. El mundo es uno y patrimonio de todos. 

Más. Si sabemos que los petroleros son bombas de relojería, que son el mayor riesgo de contaminación que se pasea alegremente por los océanos, ¿por qué no se les aplican normas estrictas para reducir su peligrosidad? ¿Qué cuales serían? Fácil. Primero: la obligación de seguir ciertas rutas, navegando lo más abierto posible, es decir, lo más alejados de las costas. Segundo: mayor cantidad de tanques estancos, y doble, triple, cuádruple casco o tantos como sea preciso. 

 

Tercera: menores dimensiones y capacidad de carga de estos monstruos. Cuarta: la supresión de la bandera de conveniencia en estos casos. Quinta: obligación de controles más rigurosos y en periodos más breves.

Sólo con la aplicación de estas medidas básicas –aunque hay otras y se podría afinar mucho más, claro está- se evitaría el 99% de estos desastres. A cambio, declararía algún iluminado, se encarecería el coste de los hidrocarburos. Y qué. Si cuando echamos gasolina en el coche, dos tercios del precio se lo estamos pagando directamente al Estado. ¡Si lo que estamos pagando son impuestos! 

 

Pues yo quiero pagar impuestos para que esto no vuelva a ocurrir. Y me importa un carajo comer o no comer percebes estas navidades. Lo que de verdad me importa son esas algas que, aunque no las comamos, están revestidas de muerte; los cangrejos ermitaños varados en esa película negra; las pulgas de mar que ya no pueden saltar a su antojo sobre la arena podrida; la rompiente castrada por el fuel que ya no ruge entre las rocas. Eso es lo que importa. 

Nunca máis, señores. Nunca máis.

 
 

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