Hace unos pocos días, se cumplieron
cinco meses desde el inicio de la tragedia del vertido:
Sin duda, el mayor desastre natural que hemos sufrido
hasta la fecha en nuestras costas.
Pese a la evidente mejoría de la situación
general causada tras el accidente, los daños
son muchos y persisten aún en el Cantábrico
y en las costas atlánticas. Sólo debemos
acercarnos a cualquier playa de estas zonas para comprobarlo.
En concreto, el día que se cumplían
los cinco meses, estuve en al playa de Castro-Urdiales
-localidad cántabra lindante con Vizcaya- y
encontré una docena de limpiadores rastrillando
la arena. Preguntados por la existencia de fuel, se
limitaron a negarlo, mientras yo echaba a perder unos
pantalones, que quedaron impregnados en galipot (ahora
más conocido como "chapapote") tan
pronto como me senté sobre una roca sin advertir
su presencia.
En efecto, aunque gran parte de los
arenales del norte peninsular han sido y siguen siendo
limpiados, el fuel se extiende todavía por
las rocas y otros lugares menos accesibles que las
playas. Además, la mar sigue trayendo con cada
marea manchas de petróleo diseminadas aquí
y allá, que acaban arribando a la costa.
Por tanto, la situación dista
mucho de estar normalizada, aunque debamos hablar
de mejoras evidentes. No obstante, todavía
es pronto para pronosticar los daños a medio
plazo que producirá este desastre. Ni siquiera
sabemos cómo repercutirá en las puestas
de esta primavera que llevan a cabo multitud de especies
litorales, ni en los efectos que tendrá para
nuestros ecosistemas costeros en los próximos
años. Tampoco sabemos hasta qué punto
el fuel ha sido asimilado por la cadena trófica
y los efectos que de esto se derivarán. Lo
que sí sabemos es que el hombre es el último
eslabón de esta cadena.
En el plano político, las
cosas no están mejor. No observamos que nadie
dimita, ni por las decisiones erróneas tomadas
en los primeros momentos -como fue el alejamiento
del barco- ni por el ocultismo informativo posterior,
ni por otras actuaciones desafortunadas que exigen,
no ya solo la rectificación pública,
sino la dimisión inmediata de sus responsables.
Por aún, algunos altos cargos implicados directamente
en la decisión de alejar el barco y mantenerlo
al albur de los elementos hasta que terminó
rompiéndose y provocó la catástrofe,
insisten en que su decisión fue la correcta.
En fin: las urnas dirán.
Respecto a los medios de comunicación,
el interés informativo brilla por su ausencia
y se limitan a repetir algún mensaje gubernamental,
como el de Rajoy haciendo balance tras cumplirse los
cinco meses del desastre: "Sólo quedan
afectadas unas pocas playas de Galicia. El resto están
totalmente limpias". Para qué discutirlo:
yo ya tengo bastante con sacar el fuel de mis pantalones.
El caso es que a nadie parece interesar
que se hable del fuel que todavía se extiende
por cientos de kilómetros costeros. El gobierno
y sus medios tratan de dar por zanjado el asunto,
al igual que los ayuntamientos de las zonas afectadas.
Hay que entender que buena parte de sus ingresos provienen
del turismo local, así como de la construcción
de pisos para los veraneantes, que acuden todos los
años al reclamo de las bellas playas norteñas.
También de la pesca y el marisqueo, y de las
industrias conserveras asociadas a dichas actividades.
No parece, pues, de sentido común, insistir
en que todavía queda mucho fuel.
Las cofradías de pescadores están en
un brete. Se terminan progresivamente las ayudas,
se pasan las campañas costeras y llevan ya
demasiados meses sin salir a faenar. Por un lado,
sienten la tentación y la presión de
volver a la mar y declarar que sus productos mantienen
la misma calidad de antaño: viven de ello.
Por otro lado, ellos saben que todavía queda
mucho galipot, que parte del marisco está necesariamente
afectado y sus artes revelan la presencia de hidrocarburo.
Así que se adoptan soluciones
intermedias, como el permiso para emplear determinadas
artes y no otras. Es decir, se pesca "porque
no hay fuel", pero no se pesca, por ejemplo con
artes de cerco, porque éstas evidencian su
presencia, y además se pueden echar a perder,
con el quebranto económico que esto supone
para el armador.
Este es el panorama cinco meses después. El
desastre persiste.