Por Javier García-Egocheaga

 

Prestige: cinco meses después.

Hace unos pocos días, se cumplieron cinco meses desde el inicio de la tragedia del vertido: Sin duda, el mayor desastre natural que hemos sufrido hasta la fecha en nuestras costas.


Pese a la evidente mejoría de la situación general causada tras el accidente, los daños son muchos y persisten aún en el Cantábrico y en las costas atlánticas. Sólo debemos acercarnos a cualquier playa de estas zonas para comprobarlo. En concreto, el día que se cumplían los cinco meses, estuve en al playa de Castro-Urdiales -localidad cántabra lindante con Vizcaya- y encontré una docena de limpiadores rastrillando la arena. Preguntados por la existencia de fuel, se limitaron a negarlo, mientras yo echaba a perder unos pantalones, que quedaron impregnados en galipot (ahora más conocido como "chapapote") tan pronto como me senté sobre una roca sin advertir su presencia.

En efecto, aunque gran parte de los arenales del norte peninsular han sido y siguen siendo limpiados, el fuel se extiende todavía por las rocas y otros lugares menos accesibles que las playas. Además, la mar sigue trayendo con cada marea manchas de petróleo diseminadas aquí y allá, que acaban arribando a la costa.

Por tanto, la situación dista mucho de estar normalizada, aunque debamos hablar de mejoras evidentes. No obstante, todavía es pronto para pronosticar los daños a medio plazo que producirá este desastre. Ni siquiera sabemos cómo repercutirá en las puestas de esta primavera que llevan a cabo multitud de especies litorales, ni en los efectos que tendrá para nuestros ecosistemas costeros en los próximos años. Tampoco sabemos hasta qué punto el fuel ha sido asimilado por la cadena trófica y los efectos que de esto se derivarán. Lo que sí sabemos es que el hombre es el último eslabón de esta cadena.

En el plano político, las cosas no están mejor. No observamos que nadie dimita, ni por las decisiones erróneas tomadas en los primeros momentos -como fue el alejamiento del barco- ni por el ocultismo informativo posterior, ni por otras actuaciones desafortunadas que exigen, no ya solo la rectificación pública, sino la dimisión inmediata de sus responsables. Por aún, algunos altos cargos implicados directamente en la decisión de alejar el barco y mantenerlo al albur de los elementos hasta que terminó rompiéndose y provocó la catástrofe, insisten en que su decisión fue la correcta. En fin: las urnas dirán.

Respecto a los medios de comunicación, el interés informativo brilla por su ausencia y se limitan a repetir algún mensaje gubernamental, como el de Rajoy haciendo balance tras cumplirse los cinco meses del desastre: "Sólo quedan afectadas unas pocas playas de Galicia. El resto están totalmente limpias". Para qué discutirlo: yo ya tengo bastante con sacar el fuel de mis pantalones.

El caso es que a nadie parece interesar que se hable del fuel que todavía se extiende por cientos de kilómetros costeros. El gobierno y sus medios tratan de dar por zanjado el asunto, al igual que los ayuntamientos de las zonas afectadas. Hay que entender que buena parte de sus ingresos provienen del turismo local, así como de la construcción de pisos para los veraneantes, que acuden todos los años al reclamo de las bellas playas norteñas. También de la pesca y el marisqueo, y de las industrias conserveras asociadas a dichas actividades. No parece, pues, de sentido común, insistir en que todavía queda mucho fuel.
Las cofradías de pescadores están en un brete. Se terminan progresivamente las ayudas, se pasan las campañas costeras y llevan ya demasiados meses sin salir a faenar. Por un lado, sienten la tentación y la presión de volver a la mar y declarar que sus productos mantienen la misma calidad de antaño: viven de ello. Por otro lado, ellos saben que todavía queda mucho galipot, que parte del marisco está necesariamente afectado y sus artes revelan la presencia de hidrocarburo.

Así que se adoptan soluciones intermedias, como el permiso para emplear determinadas artes y no otras. Es decir, se pesca "porque no hay fuel", pero no se pesca, por ejemplo con artes de cerco, porque éstas evidencian su presencia, y además se pueden echar a perder, con el quebranto económico que esto supone para el armador.
Este es el panorama cinco meses después. El desastre persiste.

 
 

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