
Así
sucedió la semana pasada, en un pequeño río cántabro
con bastante trucha, pero muy recelosa. Tras anudar
media caja de moscas sin ningún resultado, nos decidimos
por las socorridas hormiguitas, montadas sobre anzuelos
del núm. 22 que pronto comenzaron a mover esas truchas
que hasta entonces habían hecho caso omiso al resto
de nuestras moscas.
Y es
que con poco agua, escasa corriente y un entorno degradado
y humanizado, las truchas se vuelven muy desconfiadas,
por lo que necesitamos aguzar el ingenio y ofrecerles
algo que o bien, sea lo mismo que están comiendo, o
algo que su memoria guarde como delicioso.
Puesto que se estaban cebando a unos
minúsculos mosquitos de poco más de un milímetro de
largo, nuestros artificiales montados sobre anzuelos
del núm. 22 les debían parecer monstruos peludos.
Así que, una vez desechada la primera
opción que generalmente pasa por ofrecerles lo más parecido
a lo que vemos en el río, tuvimos que pensar en cómo
hacerles picar a otra cosa aunque no se pareciese en
nada. Y eso resultaron ser las hormiguitas.
El río bajaba muy remansado, con las
piedras cubiertas de algas viscosas producto de la eutrofización,
y las truchas tenían más alimento sobre la superficie
que el que podían comer. Por cierto, que estas truchas
son las auténticas truchas, de las pocas que quedan
en nuestra península que no han sufrido variaciones
genéticas, pues en estos riachuelos cántabros nunca
se han producido repoblaciones y, de ahí que podamos
encontrar todavía truchas comunes “puras”.

Por eso duele tanto ver cómo se destruye
este patrimonio piscícola y ambiental por culpa de vertidos
de todo tipo, y cómo los ayuntamientos responsables
de su cuidado –en este caso el de Castro-Urdiales- permiten
que se contamine hasta convertir su curso en una alcantarilla
fecal.
Pero sigamos con la pesca. El caso
es que, poco a poco, las hormiguitas comenzaron a mover
a las truchas y las picadas, a medida que caía la tarde
se sucedían con mayor frecuencia.
Clavamos casi una docena de truchas,
generalmente pequeñas, y un reo. Utilizamos cañas de
7 pies, cola de rata (dt) del núm. 5 cónica decurrente,
y en el bajo, un trenzado flotante del núm.1 y de 1.80
m. de longitud. Para terminar, cuatro tramos de sedal
de 30 cm. comenzando por el 0.16 y terminando con uno
de medio metro del 0.10.
Sólo pescando tan fino se puede engañar
a estas pintonas autóctonas, que regresaron al agua
después de ofrecer buenas peleas.
Lo lastimoso de todo esto es que, hace tres días,
este río sufrió un nuevo vertido de aguas fecales
y vi muchas truchas muertas. Hasta alguna anguila
yacía panza arriba en el fondo, con lo que se puede
entender las proporciones o la virulencia del vertido.
¡Pobre peces que se salvaron del pescador, pero no
del veneno!
El término municipal donde se produjo dicho vertido
es el de Castro-Urdiales, a sólo unos cientos de metros
de la desembocadura que forma la playa de esta conocida
población turística.
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