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| Captura y suelta |
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Texto
y fotos: Javier García-Egocheaga
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Hay algo que es evidente:
pescando matamos peces. Sin embargo, podemos tratar
de minimizar los efectos letales de esta práctica
deportiva si tenemos un poco de cuidado.
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De hecho, disminuir en lo posible el número
de muertes es consustancial a la pesca deportiva moderna
y la progresiva concienciación de los aficionados
en este sentido es cada vez mayor. Lejos quedan aquellas
portadas de revistas de pesca de los años 80
y 90, con un montón de peces secos al pie del
orgulloso pescador.
El captura y suelta, que comenzó como una
necesidad en algunos cauces de salmónidos especialmente
castigados, se ha impuesto progresivamente en todas
nuestras aguas. Lo que comenzase como una rareza -justificable
por la presión que se ejercía en algunos
tramos fluviales sobre algunas especies muy cotizadas-,
ahora es una práctica tan común, que
es imposible entender la pesca moderna sin la correspondiente
amnistía de lo capturado.
Bien es cierto que, en esto del "captura y suelta",
encontramos grandes asimetrías, en cuanto a
su implantación y ejercicio, según sea
el tipo de pesca y las especies que se capturan. O
sea que, mientras en aguas continentales y en concreto
en la pesca de ciprínidos, o en la de predadores
como bass, lucio y siluro, la amnistía suele
ser general y sin limitaciones, en los salmónidos
es todavía muy desigual y reservona, por no
hablar de las capturas en agua salada, donde aún
es una práctica minoritaria. Sobre todo cuando
nos topamos con grandes ejemplares de especies cotizadas,
como doradas, lubinas, etc. Nunca, en mis más
de treinta años pescando, he visto devolver
al agua algún pez de estas características,
aunque quizás sea cuestión de tiempo
y en los próximos tres decenios comiencen las
sorpresas.
Sea como fuere, cada vez está más claro
que en este mundo en el que vivimos, todas las especies
-incluidos peces y humanos- viajamos en el mismo barco,
y la conservación de unos implica la de los
demás y viceversa. Así pues, aunque
sólo sea por egoísmo, nos conviene cuidar
de todo lo vivo que nos rodea, y los peces no pueden
constituir la excepción. Y como cada vez hay
más pescadores que nos encanta capturar peces,
pero no necesariamente matarlos, máxime si
no los vamos a comer, vamos a ver de forma detallada
algunas recomendaciones para inflingirles el menor
daño posible.
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La elección del material
El equipo es un factor que suele ser desechado de
cara a causar menor mortandad, lo cual es un error.
Los anzuelos redondos suelen engancharse en la boca
del pez con mayor frecuencia que los rectos, más
propensos a ser tragados. Pero sobre todo, un equipo
ligero permite sentir mejor la picada y, consecuentemente,
clavar antes de que el pez se trague nuestra carnada.
Nos referimos, claro está a la pesca con cebo,
que sigue siendo la mayoritaria en la mar y la única
que aceptan ciertas especies, como podrían
ser los lábridos y muchos espáridos.
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| Existen,
por decirlo de alguna manera, tres formas de clavar
al pez:
-Dejar que se clave solo: Esto
es lo más normal en muchos tipos de pesca,
sobre todo los de fondo. Es lo más perjudicial
para el pez y los daños que le ocasiona el
anzuelo suelen ser irreparables. El animal ingiere
el alimento y cuando se siente preso, es porque
ya tiene el anzuelo alojado muy profundamente. Para
sacárselo, a veces haremos una auténtica
carnicería, por lo que, a menos que vayamos
a consumir ese pez, esperar a que se clave solo
es lo peor que se puede hacer.
-Robarlo: Llamamos "robado"
al pez que viene enganchado por cualquier otro lugar
que no sea la boca o sus adentros. Todavía
hay quien práctica diversas técnicas
de pesca "al robo", cosa muy reprobable
y prohibida. Por cada pez que consigamos de esta
forma, habremos herido -con frecuencia, fatalmente-
a muchos otros. Cosa distinta es estar pescando
con técnicas deportivas y legales y, por
casualidad, clavar a un pez por algún sitio
distinto a la boca. Se dice que ese pez "viene
robado", pero eso, a mi juicio, no comporta
que su captura sea menos meritoria, ni le resta
valor alguno.
-Clavarlo activamente: Para ello
debemos estar prestos con la muñeca y el
hilo justo fuera del carrete, de modo que, en cuanto
pique, seamos capaces de clavar al pez.
De esta forma vendrá herido sólo por
la boca, y los daños que sufra no serán
de gran importancia, pues, una vez en libertad,
pronto se repondrá de sus heridas.
Es la forma más bonita de pescar con caña,
más deportiva, emocionante y menos lesiva
para el pez. Si pescamos a fondo, debemos de asegurarnos
de que las hijuelas, patas, bajos o gametas estén
conectadas directamente y sin la presión
del lastre, a la línea madre, de modo que
podamos sentir la picada. A flotador, es más
sencillo y basta con calibrarlo adecuadamente para
que señale la presencia del pez. Además,
pese a que muchos no lo crean, clavando al pez se
consiguen mejores resultados y se disfruta mucho
más. Tanto como liberando a animal que, una
vez en tierra, ya no queremos para nada.
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¡Ya es nuestro!
Una vez en nuestro poder, nos toca decidir: ¿de
verdad queremos quedarnos con nuestra captura? Si
su respuesta es afirmativa, por el motivo que sea,
no hay nada que objetar. Sáquelo del agua y
déjelo que muera. La exposición al oxígeno
del aire, hará que coletee frenéticamente
y muera en poco tiempo. No se está asfixiando,
sino todo lo contrario. Tampoco está muy claro
que sufra en este proceso, aunque haya gente que prefiere
matarlo de un golpe. En todo caso, es difícil
saber cuál de las dos muertes resulta menos
mala para el animal, aunque recordemos que los peces
no sienten como nosotros, ni podemos meternos en su
diminuto cerebro y en su mundo sensitivo.
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Lo que sí parece una salvajada es mantenerlos
con vida una larga sesión de pesca, enganchados
por la boca en unos hierrajos dentro del agua, o presos
y hacinados en una redecilla, para luego soltarlos todos
cuando terminemos. Muchos de ellos, si no han muerto
todavía, morirán en las próximas
horas.
Si queremos soltar a un pez, hay que
hacerlo cuanto antes, en cuanto lo sacamos del agua,
sin ese purgatorio previo, que muchos no lograrán
superar. Peor suerte corren incluso los que van a parar
a un balde lleno de agua. Allí nadan unos minutos
y, a medida que se calienta el agua y se queda sin oxígeno
(éstos sí mueren asfixiados), irán
perdiendo la vida uno tras otro. Lo peor es que la gente
que lleva el balde o cubo de agua para meter allí
a sus presas, lo hace "¡para que no se asfixien!",
cuando esto es precisamente lo que consiguen y, además,
de forma lenta.
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| Devolverle
la libertad (y la vida)
Es una sensación siempre grata
y recomendable, pero si no se hace bien, no sirve de
nada. Así pues, conviene seguir unos pasos básicos
que serían, más o menos, estos:
1- Cojemos al pez con cuidado, sin
despanzurrarlo. Lo mejor es tener las manos mojadas,
para no desprenderle de su mucosa, lo que le ocasionará
luego infecciones por hongos y otras enfermedades
cutáneas. Esto es muy común en algunas
familias, como los salmónidos. Si no tenemos
la pericia bastante para prenderlo firme pero sin
estrujarlo, con las manos desnudas, podemos emplear
un trapo húmedo.
2- Ahora procederemos a quitarle
el anzuelo. Esto se debe ejecutar con mimo, nunca
tirando del pez y desgarrando su boca. Podemos ayudarnos
de un desanzuelador, que es práctico y barato.
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3-
Bueno, ya tenemos el pez en nuestras manos y sin anzuelo.
Si ha pasado demasiado tiempo (hemos tardado mucho con
el anzuelo, nos hemos hecho un montón de fotos,
etc.) conviene reanimarlo. Para ello lo metemos en el
agua y lo hacemos nadar, todavía sujeto por el
lomo. Es importante que consiga mantenerse de forma
vertical en el agua a media profundidad. Si se queda
en la superficie a flote, es posible que tenga la vejiga
natatoria llena de aire y no pueda sumergirse, con lo
que morirá al cabo de un rato. Si cae al fondo
"a plomo", será víctima de oportunistas
cangrejos o similares, antes de que pueda recuperarse.
Por eso, antes de soltar al pez, debemos cerciorarnos
de que puede nadar, o flotar entre dos aguas.
4- Si pescamos desde un muelle, espigón, o cualquier
otro lugar a cierta distancia del agua, tirar desde
allí al pez, es poco aconsejable. Al caer contra
la superficie, sobre todo si lo hace golpeándose,
puede quedar malherido. Así que intentaremos
dejarlo caer de cabeza o junto con el agua de un cubo,
de modo que no se golpee. La superficie quieta es como
el cemento, cosa que sabe bien todo aquel que se haya
lanzado desde un trampolín a una piscina.
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