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| Pescando entre
las olas. Segunda parte. |
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Si pescamos a flotador, sólo si el
oleaje y, por consiguiente, la espuma es abundante,
podremos dar más calado a nuestro aparejo, pues el
cebo bailará igualmente a unos cuantos metros por
debajo de la superficie.
Es
tan importante que el cebo se mueva de forma natural
para que el pez no detecte nada raro, como que no
vea el sedal, ni a un señor con la caña en la mano
cuya silueta se recorta contra la superficie. Piense
que un cebo suspendido a media agua debería moverse
o hundirse y, sin embargo, si se mantiene misteriosamente
levitando es que algo no cuadra.
Todo
esto escamará al pez, por supuesto en el sentido figurado,
pues éste nunca acabará en nuestra cocina.
Una
vez más, esta pesca nos aconseja obrar con la máxima
prudencia. El aparejo debe ser lo más ligero posible.
Debemos lanzar con cuidado unos metros más allá de
donde queremos pescar y, a poder ser
–en el momento de lanzar- aprovechando el golpe
de la ola que distrae los sentidos del pez, para luego
traer el aparejo con suavidad hasta donde queremos
que pesque. El corcho será pequeño y poco visible,
y aprovecharemos para ocultarlo las aguas turbias
o engordadas por la espuma. |
Muchas
veces pescaremos a pez visto y el pescador debe extremar
entonces sus precauciones. Si nosotros podemos ver
a los peces, ellos también pueden vernos a nosotros,
quizás no con la misma nitidez, pero con la suficiente
claridad como para dar un coletazo y desaparecer.
Para
pescar "a pez visto" recorreremos la escollera
asomándonos discretamente donde pensemos que pueden
estar los peces. Las lubinas nadan lentamente entre
dos aguas -recordemos que aunque su ataque sea muy
rápido, su velocidad de crucero es relativamente baja-
y a menudo, suelen encontrarse entre las lisas o mújoles,
peces de talla similar y de hechuras aún más similares,
aunque podemos distinguirlas por la cabeza y los opérculos,
claramente diferentes.
Cuando
están cazando, las lubinas trazan movimientos circulares
nerviosos, quiebros y giros violentísimos, y es posible
encontrarnos también con un banco de pequeños peces
que nada aterrorizado en todas direcciones para confundir
el ataque del depredador.
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| En
ese caso, podemos utilizar un pez artificial o una anguila
de vinilo y tratar de lanzarla varios metros por delante
de donde se está desarrollando la cacería, para traer
el cebo nadando cerca de la lubina.
En el caso de los espáridos, sobre
todo los sargos, si percibimos su sombra nadando bajo
la superficie, lo más normal es que no se estén alimentando,
sino, simplemente, desplazando, con lo que tentarlos
con nuestro aparejo puede resultar inútil.

Si,
por el contrario, observamos el reflejo de su dorso
-lo que se conoce como platear-, entonces sí se están
alimentando, pues están buscando el alimento (crustáceos
y moluscos) que se encuentra junto o pegado a las rocas.
En
ese caso, encarnaremos el anzuelo con el cebo que estimemos
más común a la zona en la que se están alimentando,
y largaremos nuestro aparejo un poco por delante, con
la esperanza de que se lo encuentren tan pronto como
pasen por allí.
Pescando
"a pez visto", un error muy habitual consiste
en lanzar justo encima de donde se ha visto el pez y,
más todavía, hacerlo sin extrema delicadeza. Esto sólo
servirá para asustar a la pesca y "embalarla",
que quiere decir, que se junten todos los individuos
una vez detectado el peligro y desaparezcan de la zona
a toda prisa.
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