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| Los espáridos.
Pimera parte. |
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Vamos a desvelar algunas de las características
generales de la familia Esparidae, lo que nos
ayudará a conocerla mejor... Y a pescar a sus integrantes.
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Algunos espáridos son todavía relativamente frecuentes
en nuestras costas, sobre todo los que alcanzan proporciones
más modestas y han sido menos acosados. Entre estos
cabe citar a bogas, chopas, obladas, salpas y todas
las clases de sarqo, con la excepción del real o breado,
que parece ser el más vulnerable.
Pero
para conocerlos mejor e ir entrando en materia, diremos
que todos ellos pertenecen a esta familia de peces
típicamente marinos, -ampliamente representada por
todo el mundo en aguas cálidas y templadas- aunque
algunos de sus integrantes gusten de remontar las
rías e incluso se introduzcan en lagunas costeras,
siempre que se mantengan ciertos niveles de salinidad.
Es decir: pueden vivir ocasionalmente en aguas salobres,
pero nunca dulces. Es el caso del sargo común y la
dorada, quizás los que ostentan una mayor capacidad
eurihalina.
De
hecho, todas las rías y sus proximidades constituyen
pesquiles fecundos para la captura de grandes sargos
y doradas, entre otros muchos peces marinos que admiten
cambios de salinidad (platijas, lubinas, mugílidos,
etcétera) y se benefician de los muchos nutrientes
que suelen encontrar en estas aguas salobres. |
Además, dadas las características
errabundas de casi toda la familia, aprovechan los
desplazamientos de la marea -que incide en la profundidad
y las corrientes de la ría- para acompasarse a su
ritmo. Así, tan pronto como la marea ascendente inunde
las zonas tildales o se introduzca en los cursos fluviales,
los espáridos harán acto de presencia.
Por tanto, podemos acecharlos en
estas zonas cuando la marea comienza a subir –a entrar-,
a sabiendas de que remontarán los tramos fluviales
ocupados por el agua marina y de que harán el camino
buscando comida, inspeccionando cada palmo del fondo
donde deberá esperarles nuestro aparejo.
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Son,
asimismo, peces propios de biotopos litorales que
raramente abandonan la plataforma continental. Este
comportamiento presenta excepciones -sobre todo de
tipo estacional y ligadas a sus ciclos biológicos
y reproductivos- como se aprecia en algunas especies
pertenecientes al género Pagellus (el besugo y la
breca, entre otros). También el dentón, la dorada
o el sargo breado, por citar algunos, pueden ser hallados
lejos de la costa y a profundidades considerables,
pero esto no quita para que, más temprano que tarde,
acaben arribando a aguas litorales, las propias de
esta familia.
En
general, en sus estadios juveniles mantienen costumbres
gregarias que, en algunas especies –sobre todo las
de mayor talla- irán desapareciendo con la edad. En
otros casos, sin embargo, forman densos cardúmenes
aunque nunca tan cohesionados y numerosos como los
de los peces pelágicos. Esta cuestión será tratada
de forma individual en cada especie cuyo comportamiento
abordemos, pues nos parece importante resaltarla por
la forma en la que el pescador dispondrá su aparejo
y sus técnicas de pesca cuando pretenda capturarlos.
Aunque
son, en su mayoría, bentónicos o nectobentónicos (que
se mueven cerca del fondo, vamos) -con la salvedad
de la boga y la oblada que prefieren situarse entre
dos aguas-, son buenos nadadores y presentan características
anatómicas que les proporcionan gran fuerza y potencia,
como demuestran al ser prendidos en el anzuelo.
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Estas capacidades natatorias y la fortaleza a la
que acabamos de aludir, les posibilitan moverse en
aguas con grandes corrientes, o “manejarse” con soltura
en medio del oleaje.
Los sargos comunes y las mojarras son los grandes
especialistas en esta disciplina de las aguas blancas,
que comparten con otros grandes nadadores como las
lubinas y los mugílidos. Esta adaptación a las duras
condiciones de la rompiente es esencial para capturar
muchas de sus presas más comunes, como algunos crustáceos
y moluscos que habitan este nicho ecológico y resisten
los embates del oleaje, que les resta depredadores
potenciales.
Su vida transcurre
en aguas poco profundas, en ocasiones muy cerca de la
costa, sometidos
la influencia de las mareas, del meteoro terrestre,
o de los accidentes y las particularidades de la orografía
costera. Se impone, por tanto, ser un buen nadador,
permanecer en un determinado lugar o abandonarlo tan
pronto como las condiciones se vuelven adversas, dotarse
de un carácter oportunista y sobrevivir en un medio
siempre cambiante.
Estos hábitos condicionan en gran medida
su estrategia vital, en la que se incluye la forma de
alimentarse de cada especie, cuyo conocimiento es de
gran importancia para el aficionado.
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