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| Grandes doradas. |
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En todas nuestras costas podemos encontrar
grandes ejemplares de dorada. Pocas, cierto, pero,
como en el caso de las meigas “haberlas haylas”.

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Si pretendemos capturar doradas de gran tamaño, lo
primero que debemos es dotarnos de un equipo de surf-casting
muy robusto, lo que es absolutamente necesario si
consideramos que la dorada puede alcanzar pesos respetables
y su defensa es siempre brutal.
El
sedal será también grueso y resistente. Hay quien
usa como bajo de línea cuerdas de piano, aunque esto
ya me parece pasarse un poco, por muy melómano que
sea uno.
Además,
la carnada suele ser muy específica, como ahora veremos.
De este modo, el aficionado evita que los pezqueñines
del fondo se coman el cebo e invaliden el aparejo,
pero, al poner un cebo sólo apto para doradas, se
corre el riesgo lógico que, de no picar ellas, nos
vayamos sin un mal pez para el recuerdo.
Una
estrategia útil es la de combinar la pesca de la dorada
con otras más polivalentes que puedan depararnos la
captura de otros peces. De niño solía acompañar a
mi tío Pepe, un leonés versado en el arte de atrapar
truchas a mano que, en poco tiempo, se aclimató a
los aires del Cantábrico y enseguida resultó ser un
gran pescador de mar.
Pues
bien, íbamos a menudo a probar suerte a un acantilado
sito tras la iglesia de Santa María, en Castro-Urdiales,
el templo más marinero que conozco. Pese al inconveniente
de la mucha altura, aquel inmenso cortado de roca
era (ya no lo es tanto) un magnífico lugar de pesca.
Salían cabras, julias, fanecas, cabrachos, algún sargo...
y doradas. |
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La tita. un cebo excelente
para esta especie.
| Así que mi tío llevaba
tres largas cañas de lanzado. Dos de ellas aparejadas
con anzuelos medianos y pequeños, con sedal fino y cebadas
con gusana.
Y la tercera, invariablemente con sedal
del 0.50, un potente sagarra y un anzuelo tipo
prótesis del Capitán Garfio, del que pendía un cangrejo
común de buen tamaño.
Muchas veces, tras la jornada de pesca,
recogíamos esta caña y ahí seguía el cangrejo, si no
se lo había llevado un pulpo. Pero a veces, y tras amagar
la caña con salir volando, clavaba una dorada.
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Se pueden imaginar lo que es izar
un pez de estas características a lo alto de un acantilado.
Y mejor que se lo imaginen porque me siento incapaz
de describirlo. En fin, ¡qué tiempos! Pero a lo que
íbamos: una estrategia mixta de este tipo, conviene
ser tenida en cuenta por el aficionado razonable y
que no se empecine en pescar doradas y nada más que
doradas.
La
dorada admite una amplia gama de carnadas que incluye
muchos invertebrados, sobre todo moluscos y crustáceos.
También se muestra muy golosa con todo tipo de anélidos
o con la gusana llamada “tita”, que puede ser de un
tamaño apreciable y entonces es uno de los mejores
cebos que podemos ofrecerle. Además, como casi todos
los espáridos -en mayor o menor medida- disfruta con
el marisco.
Pero
la dorada es un caso especial. Es el más marisquero
de la familia, lo que ya es mucho decir. Por eso es
aborrecida por los acuicultores que crían mejillón,
berberechos u ostras, en cuyos emplazamientos acostumbra
a realizar grandes destrozos.
Si
encarnamos con navaja, no encontraremos demasiado
problema para ensartarla en el anzuelo sin arrancarle
las valvas, pero con otros moluscos no será tan sencillo.
Con almejas, chirlas o berberechos, podemos optar
por forzar ligeramente la concha, introducir el anzuelo
y sujetarlo de la forma más firme que hallemos. Si
es con mejillones, podemos forzar las valvas con un
cuchillo e introducir el anzuelo, con la seguridad
de que dicho molusco no lo “escupirá”.
Así presentaremos un magnífico cebo -que obtenemos
por un módico precio en la pescadería- y nos aseguraremos
que permanecerá en el anzuelo tanto tiempo como queramos,
hasta ser atacado por una dorada. Con la excepción
del pulpo, ningún otro animal marino comerá nuestra
carnada. |
Los
cangrejos también son excelentes. No importa de qué
clase sean, aunque la mayoría de los aficionados nos
decantamos por el cangrejo común, también llamado
verde.
Lo
mejor es no matarlo –muerto también pican, pero tendrá
menor poder de atracción- así que debemos encarnarlo
procurando no herirlo. Para esto existen varias maneras
de hacerlo.
La
más sencilla –y mi opción personal- pasa únicamente
por amarrarlo con una gomita. También podemos prender
el anzuelo atravesando el punto en el que las patas
anteriores se unen con el cuerpo del animal, pero
esta forma no garantiza una sólida sujeción y corremos
el riesgo de herirlo gravemente.
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| Otra manera,
muy ingeniosa, consiste en secarle el caparazón y pegar
allí el anzuelo valiéndose de unas gotitas de pegamento
rápido y extra fuerte.
Si
lanzamos a una zona de lecho blando –fondos arenosos
o cenagosos-, lo cual es muy habitual, conviene amputar
las patas anteriores del cangrejo para evitar que se
entierre. Aún así, algunos lo consiguen, por lo que
dar un tironcito de vez en cuando, nunca está de más.
Es
frecuente que, cuando preguntemos, en uno de estos tironcitos,
sintamos un peso excesivo en el aparejo. Entonces caben
dos opciones, a saber:
A)
Que tengamos una dorada presa: Ocurre a menudo
que aunque una dorada de gran tamaño haya comido la
carnada, la puntera de la caña no detecte nada. Esto
se debe a su formidable paladar, duro como una piedra,
que le impide percibir el pinchazo del anzuelo. La dorada
mastica despacio y puede llegar a destrozar un anzuelo
no muy robusto. Por eso se da el caso de que, ni nosotros
ni el pez, notemos nada. Si creemos que tenemos una
dorada, debemos pegar un fuerte tirón para asegurar
el clavado. Entonces se produce la brutal reacción del
pez y es aconsejable, tan pronto como se clava, soltar
un poco el freno del carrete, en especial si tenemos
poco sedal en el agua o éste es poco elástico. Obrando
de esta forma, evitaremos la rotura del hilo en los
primeros compases de la lucha, que suelen resultar verdaderamente
violentos.
B)
Que un pulpo o una sepia estén devorando
nuestra carnada. El ataque de cefalópodos a los cebos
destinados a la dorada es habitual. Aunque hayamos encarnado
un gran cangrejo, esto no impide que una sepia –y menos
aún un pulpo- se lo coman. A veces, podemos asegurar
un firme clavado mediante un tirón, sobre todo de tratarse
de un pulpo. En cambio, las sepias rara vez se aseguran
con un tirón, pues lo normal es que clavemos una de
sus garras –tentáculos- y acabe soltándose el animal
acorde lo traemos hacia nosotros. Por eso conviene dotarse
de un redeño o salabre en el que introducir la sepia
tan pronto la tengamos al alcance. Notamos que estamos
trayendo un cefalópodo porque pesa y tira -suave y continuamente-
sin la violencia ni las sacudidas propias de un pez.
Con mucho cuidado y sin tirones, podemos conseguir traerlo
hasta la orilla, incluso sin que venga clavado. Es tal
la voracidad de estos seres que, por ejemplo, de encontrarse
comiendo el cangrejo que teníamos de cebo, podemos arrastrarlos
hasta la misma superficie sin que suelten su presa,
por más que ningún anzuelo los retenga.
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La dorada se pesca todo el año y
en todas nuestras costas, a profundidad variable. Algunos
autores relacionan los periodos de freza con los mejores
momentos para pescar a los grandes adultos, pues estos
se acercarían a la costa y formarían bancos numerosos.
Dicho así, la verdad es que suena bien, pero mi experiencia
personal desdice esta rotunda afirmación.
Para
colmo, estos periodos de freza que algunos autores establecen
en otoño, otros lo hacen en primavera y otros en invierno.
Me inclino a pensar que la dorada tiene distintos momentos
de freza a lo largo del año y que, además, cambian en
función de que tomemos como referencia los ejemplares
de un lugar u otro. Esto no es de extrañar y, más bien,
lo curioso sería que se comportase igual una población
asentada en aguas del Golfo de Vizcaya, que otra del
Golfo de Roses, sin olvidar a las que viven en aguas
atlánticas andaluzas o en las Rías Bajas, por citar
solo algunas.
Lo
cierto es que, en lo que concierne a su pesca, puedo
asegurar que ésta es posible todo el año, si bien en
el Mediterráneo parece ser más factible durante los
meses primaverales y estivales, y el Cantábrico Oriental
durante el otoño y el invierno.
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