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| Pescando grandes
ejemplares. |
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Todos ansiamos esa gran captura que tan
pocas veces se produce. Lo importante es estar preparados
para que cuando pique, no se nos escape el pez de
nuestros sueños.
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Primero habría que definir a qué llamamos grande
cuando hablamos de peces. Evidentemente, no será lo
mismo hablar de grandes capturas si practicamos modalidades
de pesca tales como la cacea de altura o curricán
pesado, o nos decantamos más bien por la pesca de
mini tallas con sedales inferiores al 0.18 y diminutos
anzuelos.
En cualquier caso, para un aficionado que pesca con
caña desde la costa –salvo raras excepciones- un pez
que alcance un kilogramo de peso, será un pez grande.
Una vez puestos en contexto, añadiremos
que, cuanto menor sea el grosor de nuestros sedales
y la potencia de nuestros aperos de pesca, “mayor” nos
resultará el tamaño de nuestras capturas y más disfrute
nos proporcionarán.
Es decir, que si pescamos una lubina
de un par de kilos caceando en alta mar con un aparejo
para bonitos, nos resultará una presa insignificante,
pero si esa misma lubina la capturamos con una caña
poco potente, un sedal del 0.18 y un diminuto artificial
haciéndolo volar sobre la espuma de las olas en la rompiente,
cobrarla puede resultar tan emocionante y deportivo
como pescar el más gigantesco marlín o el más monstruoso
atún. |
| Dicho
esto y recomendando encarecidamente al aficionado que
utilice aparejos ligeros, nos centraremos en el tema.
Muchos de nosotros, casi todos, tratamos de engañar
a los peces mayores y esto es una buena estrategia de
partida.
Un pez, para llegar a ser grande, ha
debido superar muchas pruebas que la naturaleza y la
mano del hombre –en perversa comunión- le han puesto
en el camino. Por tanto, quien logre engañar a este
pez podrá presumir de ser un buen pescador, lo que incluye
–aparte de un poquito de suerte- experiencia, grandes
conocimientos sobre la vida y costumbres de sus presas,
y bastante tenacidad, todo ello muy elogiable.
Lo
malo es que, en muchas ocasiones, cuando por fin pica
el gigante al que llevamos tentando tanto tiempo con
nuestro aparejo, consigue escaparse y nos deja con un
palmo de narices.
Las
razones más habituales son varias. En muchas ocasiones
se producen roturas evitables. Esto suele estar motivado
por que no hemos repasado el estado de los sedales y
los nudos. El hilo debe estar siempre en perfecto estado
operativo, sin raspaduras ni nudos (los nudos accidentales
deben ser evitados como la peste) ni defectos. Para
ello, lo mejor es, antes de pescar, pasar unos cuantos
metros de sedal entre nuestros dedos para comprobar
su estado, así como el de los bajos de línea, con lo
que, de paso, evitaremos gran parte de la
memoria que cogen los sedales. |
| Los
nudos mal hechos son otra de las causas. Debemos comprobar
que estén dados correctamente. Aunque todo lo anterior
esté en orden (repetimos: sedales y nudos en buen estado),
se puede producir una rotura si la presa excede a los
límites de peso y fuerza fijados en el diseño del aparejo
al que ha picado. Este es el momento en el que intervienen
dos elementos fundamentales: la caña propiamente dicha
y el carrete, en concreto, el freno.
Cuando trabajemos el pez la caña debe
estar levantada formando un ángulo de más de 60º con
la superficie. La caña es la prolongación de nuestro
brazo, un brazo flexible que amortiguará las embestidas
del pez. Hagamos que la caña también trabaje, que cumpla
con su cometido, que canse al pez que se debate y que
impida que sus violentas arrancadas desbaraten nuestro
aparejo.
El carrete, por su parte, posee una
pieza fundamental, el freno, que a demasiados pescadores
parece no preocupar demasiado y éste es un error que
se paga. El freno sirve para prevenir la rotura del
hilo.
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| Si lo graduamos
–según la resistencia del sedal- correctamente, antes
de que el hilo rompa el freno cederá unos metros y el
pez se cansará, gastará sus fuerzas tirando del hilo
que a duras penas puede sacar. El zumbido del freno
es una de las músicas preferidas del aficionado: no
se abstenga de escucharla.
Por
el contrario, abrir el carrete y dejar que salga hilo
de la bobina libremente, constituye otro frecuente error
que suele conducir a la pérdida de la pieza. Esto provoca
embrollos en el sedal y la pérdida de la tensión del
mismo, con lo que el anzuelo se aflojará en la boca
del pez y lo perderemos en cuanto se dé la vuelta.
Otro
factor a tener en cuenta es la forma que tiene cada
pez de defenderse cuando se nota clavado. Aparte de
que nos puede dar la sensación de que algunos venden
su libertad más cara que otros (en realidad, esto depende
de su fuerza y habilidades natatorias, pues ningún ser
vivo renuncia a la vida salvo en casos límite), encontramos
diversas maneras de proceder cuando notan el anzuelo
en sus carnes. |
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Los
que viven en cuevas y grietas tratarán de alcanzar la
seguridad de su refugio –como el mero-. Los que habitan
en aguas libres y más aún si son de régimen pelágico,
se encaminarán con decisión hacia mar abierto –como
los jureles, las agujas, caballas etc.- y los que progresan
en las rompientes del litoral, tratarán de poner una
piedra entre ellos y la caña, con lo que, en ocasiones,
romperán el sedal –como la lubina, el sargo etc.-.
En
consecuencia, si tenemos la seguridad de que el pez
que estamos cobrando es un morador de las aguas abiertas,
podremos aflojar el freno tanto como gustemos y dejar
que saque muchas brazas de nuestro carrete. Sólo deberemos
esperar hasta que deje de tirar para empezar a cobrarlo.
En cambio, si presumimos que nos encontramos ante un
pez de roca, -si es uno de los que vive en cuevas, tanto
peor- tendremos que tratar de cobrarlo lo antes posible
sin darle opción a que se haga fuerte entre las piedras
y parta nuestro sedal.
Regular
el freno adquiere aquí una importancia decisiva, pues
deberá quedar graduado al límite justo de la rotura.
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Con
la caña, trataremos de guiar su trayectoria, impidiendo
al pez que se introduzca en las zonas de rocas y corrientes,
y buscaremos el lugar idóneo para vararlo o sacarlo
a tierra.
Este
es el otro momento crítico, sobre todo si no disponemos
de una sacadera apropiada, o las condiciones físicas
del lugar donde desarrollamos la pesca son demasiado
infructuosas para sacar cómodamente la captura del agua.
En cualquier caso, si no disponemos de una sacadera,
o un grampín, nunca intentaremos sacarlo dejándolo colgado
en el aire, aunque sea un segundo. Es la típica forma
de perder un gran pez cuando ya estaba hecho lo más
difícil.
Lo
más recomendable para salvar la situación es “ahogarlo”,
es decir, mantener la cabeza del agotado animal fuera
del agua, hasta que su vejiga natatoria se llena de
aire y comienza a flotar y a moverse con mucha dificultad.
Entonces, sin prisa, recogemos unos metros más de sedal
hasta que, levantando la caña con la izquierda, podamos
poner al pez en banda y llevarlo hasta nuestra mano
derecha, siempre con la cabeza de éste asomando fuera
del agua y sin perder en ningún momento la tensión del
sedal.
Después
introduciremos los dedos con decisión debajo de las
agallas y asiremos fuertemente. Espere un segundo hasta
sus dedos se acostumbren y note que el pez está bien
trabado. Cuando se sienta bien seguro de la firmeza
de su sujeción, ¡arriba con él! |
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