Algo
así como la voz de alarma, lo que les alerta del peligro
y les fuerza a dejarlo todo y salir nadando despendolados.
Pero
esta actitud desconfiada se acentúa –quizás por la experiencia
acumulada-, a medida que van creciendo. De ahí que,
sólo en condiciones muy favorables, como son las que
se dan cuando se presenta una gran agitación a nivel
del fondo y la consiguiente mar gorda, se aventurarán
a atacar nuestros cebos de día. Incluso si conseguimos
engañarles, merced al agua turbia, al escaso grosor
de las líneas que empleamos y a la perfecta presentación
del cebo, picarán con recelo, apresando una puntita
de la carnada (sin acero de por medio) y tirando de
ella para liberarla del anzuelo. Picarán tímidamente,
como si hubiesen descubierto que algo raro esconde el
alimento que les ofrecemos.
Nosotros
percibiremos su toque en la puntera de la caña o en
la boya durante una fracción de segundo: rápidas oscilaciones,
pulsaciones telegráficas que nos comunicarán que el
pez come, sí, pero que no será fácil clavarlo.
El
sargo, aunque su voracidad le haya llevado a probar
el suculento bocado, nota la resistencia del hilo e
intuye, tras esa anormalidad, la mano pescadora. Sólo
si estamos muy atentos a la picada y somos consumados
pescadores lograremos clavarlo. Así que la carnada nunca
deberá pecar de excesiva y ha de estar en consonancia
con el tamaño del anzuelo, si estamos pescando con flotador
a media agua. Cualquier puntita de la comida libre de
metal, será aprovechada por el sargo para hacerse con
el cebo y llevarse el rancho gratis.
Una
buena pieza capturada en una noche cerrada.
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| Por
eso, cada vez que encuentro en un libro o revista de
pesca un modelo de cebo que, una vez encarnado, sobresale
por todos lados, no puedo evitar sonreír imaginando
cómo un sargo lo
burlaría, si lo encontrase columpiándose entre
dos aguas. Para
vencer esta natural resistencia del animal a ser engañado,
podemos utilizar una vieja técnica que funciona de maravilla
con muchos peces difíciles de capturar, y que yo suelo
emplear con los grandes sargos de noche.
El
aparejo es el más sencillo que se pueda concebir: sólo
una caña, un carrete y un hilo en perfecto estado de
poco grosor, generalmente menos del 0.24. No utilizo
plomo, ni boya, ni siquiera quitavueltas. Como mucho,
si la situación lo requiere, bastará con un pequeño
plomo tipo perdigón, siempre que lo situemos lejos del
anzuelo. ¿Qué la línea coge algo de torsión? ¡Qué le
vamos a hacer! Mejor eso que no pescar, o que pescar
menos. En cualquier caso, conviene extremar las precauciones
para que el pez no note nada raro, nada que le recuerde
al pérfido humano que está siempre tras una caña de
pescar. Veamos cómo lo hago.
La
caña conviene que tenga algo de acción de punta para
poder clavar con el primear golpe de muñeca y una longitud
adecuada al lugar donde vayamos a pescar. La carnada
será cualquiera de las habituales para el sargo: un
cangrejillo, una quisquilla, un trozo de navaja, almeja,
mejillón... Las dos primeras son mis favoritas con luz,
y las demás, de noche.
Entonces
nos colocamos al borde de la escollera con toda la cautela
posible y mucho cuidado de que ninguna sombra que nos
delate se refleje sobre la superficie, y agachados o
en cuclillas, adelantamos la puntera de la caña y dejamos
caer con sigilo el cebo.
No
hace falta que nuestro cebo consiga mucho calado ni
que quede alejado de las rocas de la orilla. Los sargos
propenden a acercarse mucho a tierra y a comer cerca
de la superficie, sobre todo de noche o cuando la turbiedad
del agua les proporcionen seguridad –y ventaja para
cazar a sus escurridizas presas- y, si no son molestados,
los encontraremos con pocos centímetros de agua, pegados
a la costa. Incluso en zonas con mucha presencia humana
se valen de dichas condiciones (oscuridad, mar turbia
y revuelta) para desplazarse hasta estos comederos,
lindantes con la tierra, en los que encuentran sabrosos
animalillos que habitan las franjas tildales.
Esta
modalidad de pesca a pulso debe ser ejecutada, insisto,
tomando todas las precauciones posibles para que el
sargo no nos sienta. De lo contrario, es perder el tiempo.
Cuando
advirtamos su rotunda picada, procederemos a clavar
de inmediato y a sacar el pez del agua tan pronto nos
sea posible, a fin de no espantar a sus compañeros,
que, a buen seguro, se hallarán cerca. Hemos de tener
siempre presente que los sargos son animales gregarios
y forman bálamos numerosos. Un sargo clavado, que se
debate furiosamente al otro extremo de la línea, sembrará
el pánico entre sus compañeros, que desaparecerán de
la zona en cuestión de segundos.
Además,
manteniéndolo en el agua, nuestro pez buscará la defensa
de las rocas, con lo que se hará fuerte en la primera
hendidura que encuentre y romperá el aparejo.
Por
tanto, lo mejor es sacarlo cuanto antes y tener el freno
del carrete bien regulado para que no saque más hilo
del estrictamente necesario. |