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| Los lábridos:
una familia típicamente veraniega de nuestras costas.
Primera parte. |
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Antes de comenzar, conviene señalar
que los lábridos más comunes de nuestras
costas son: el durdo, pinto o maragota; el serrano,
tordo o bodión; la julia o doncella; el gallano
-o gayano-, o gallito real; y el tabernero o picón.

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Los
lábridos son peces de fondo, pero que no viven
pegados a él, como sería el caso de
los peces planos, por ejemplo. Estos últimos
se encuadrarían en lo que llamamos "bentónicos"
propiamente. Es decir, que habitan en los lechos marinos
sin separarse de allí, frecuentemente posados
sobre el mismo, y cuando se desplazan o se alimentan,
lo hacen también a ras de fondo.
Pensemos
en un lenguado o en un pez araña, representantes
ambos de peces bentónicos. Se mantienen durante
largos periodos inmóviles, a la espera de que
una de sus presas se ponga a tiro; o se desplazan
a escasos centímetros del fondo para posarse
de nuevo en otro lugar. Su cuerpo está adaptado
a la vida bentónica, así como sus sentidos.
Generalmente, pasan más tiempo inmóviles
que nadando y se alimentan tanto de día como
de noche. Además, este tipo de peces suele
poseer eficaces dispositivos de camuflaje, para resultar
invisibles mientras permanecen quietos.
El
caso de los lábridos es diferente y es lo que
se conoce como nectobentónicos ramoneadores.
En otras palabras: son los que permanecen cerca del
fondo o de una pared rocosa del litoral, pero nadando
a cierta distancia. Obtienen su alimento "picoteando"
entre las algas o en la superficie de las rocas y
raramente se hallan en fondos desnudos de arena o
grava.
Su
cuerpo está adaptado a nadar constantemente,
aunque sin recorrer apenas unos metros. Es decir,
algo así como si revoloteasen, pudiendo mantenerse
suspendidos a media agua y alimentarse o desplazarse
en las más inverosímiles posiciones,
lo que incluye con la cabeza hacia abajo, hacia arriba,
efectuando quiebros y giros en cualquier ángulo,
etcétera.
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| Otro aspecto interesante
es que, al revés que los grandes nadadores, que
emplean para desplazarse básicamente la aleta
caudal, los lábridos suelen hacerlo con las pectorales.
O sea, muchas veces se desplazan con
la aleta caudal recta, sin moverla apenas, impulsados
sólo con estas aletas pectorales que, los peces
que viven en aguas libres utilizan sobre todo como timón
o como una especie de estabilizadores, de modo análogo
al rabo de muchos mamíferos que equilibra su
carrera o su salto.
Por tanto, los lábridos son
incapaces de nadar a grandes velocidades o de recorrer
largas distancias. Para encontrar un ejemplo válido,
tendríamos que ir directamente a buscarlo en
los animales que se desplazan en otro medio semejante
al agua: el aire. Aquí encontramos aves, como
águilas, buitres o albatros, que serían
el equivalente a los grandes pelágicos que surcan
los océanos. Recorren largas distancias sin esfuerzo
aparente, y están adaptados a la vida errante
en la inmensidad de sus respectivos medios.
No obstante, imaginemos que un buitre
tuviese que efectuar una maniobra muy rápida
y precisa en un espacio pequeño, como podría
hacerlo un gorrión o una paloma. Evidentemente,
le resultaría complicado, si no imposible. |
Pues bien: los lábridos, se
mueven en el agua, no ya como gorriones o palomas,
sino más bien como colibríes, como máquinas
de maniobrabilidad perfecta que pueden desenvolverse
en un mundo lleno de obstáculos, de barreras,
de corrientes, de algas... En fin, todo aquello que
encontramos en los fondos litorales de los mares subtropicales
o tropicales donde viven.
Al contrario que un pelágico, como pudiera
ser un bonito o una sardina, son incapaces de valerse
en aguas libres. De hecho, si capturamos unos lábridos
y los mantenemos vivos en un tanque de agua, podremos
realizar un sencillo experimento que revela lo anterior.
Subimos el tanque a bordo de una embarcación
y ponemos proa a mar abierto. Cuando tengamos unas
decenas de brazas de profundidad bajo nuestra quilla,
soltamos a los pececillos en la superficie.
Algunos probarán a sumergirse o tratarán
de escapar tan pronto como se sientan libres de nuevo.
Pero, a los pocos minutos, muchos de ellos estarán
merodeando alrededor del casco de nuestra nave, incapaces
de encontrar el fondo y totalmente desvalidos en mitad
de la mar. Tratan, por tanto, de encontrar un objeto
que les brinde protección frente a las aguas
libres, en las que no pueden sobrevivir.
Los grandes espacios marinos son
absolutamente hostiles para los lábridos. Ninguna
especie de esta amplia familia es capaz de vivir en
este medio.
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| Tampoco
los encontraremos en los fondos desnudos. Los lechos
de grava o de arena están reservados para otras
especies que, o bien pueden camuflarse o enterrarse,
o son buenos nadadores.
Un lábrido, con sus vistosos
colores y sus escasas dotes para alcanzar velocidades
respetables, sería una presa demasiado fácil
para cualquier depredador.
Por eso prefieren los fondos rocosos,
a ser posible tapizados de algas, y que cuenten con
muchos lugares donde esconderse y por los que merodear.
De hecho, muchos lábridos tropicales están
adaptados a los arrecifes coralinos, lo cual no es de
extrañar a tenor de su morfología y de
sus hábitos.
Los lábridos son carnívoros,
pero eso no los convierte en depredadores, al menos,
no en predadores "típicos", como podría
ser una lubina o una anjova. La alimentación
de los lábridos está compuesta básicamente
por pequeños invertebrados, entre los que destacan
anélidos marinos, crustáceos de escaso
porte y algún molusco ocasionalmente si lo encuentran
abierto.
Su
boca, de reducidas dimensiones, está especializada
en este tipo de alimentación.
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| Las mandíbulas
no son muy fuertes, pero van armadas con unos afilados
dientes aptos para ramonear en la superficie de las
rocas, justo donde se encuentran sus presas naturales.
Sus labios, muy prominentes y carnosos,
son quizás lo más característico
de su boca. Y, por supuesto, cumplen su correspondiente
función: bien irrigados y sensibles, ejercen
de apoyo táctil para detectar a los animalillos
de los que se alimentan pegados a la roca. Para el pescador
de caña son una bendición, pues el anzuelo
clava firmemente en este grueso apéndice, con
lo que se evita perder la pieza.
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La
cabeza es pequeña, en consonancia con la boca,
cuya apertura alcanza un ángulo de unos 45º,
muy lejos de lo que se esperaría en otra especie
carnívora de alimentación ictívora.
Así pues, si comparamos algunos peces que viven
en entornos similares y de tamaño también
parecido, como podrían ser un gallano o una julia
(lábridos) y una cabrilla (serránido),
pronto evidenciaremos está diferencia. Con sólo
observar su boca distinguiremos sus diferentes adaptaciones,
en cuanto a régimen alimenticio se refiere.
Eso
no impide para que, habitualmente, pesquemos en el mismo
lugar, con la misma carnada y los mismos aparejos estos
tres peces. No obstante, la cabrilla posee anchas mandíbulas,
con una boca enorme si la comparamos con la de un lábrido
y pequeños dientes, que sirven únicamente
para retener a su pieza. En el caso del gallano o de
la julia, los dientes son curvos, más fuertes,
grandes y afilados, idóneos para "rascar"
en la roca y desprender a los animalillos allí
asidos. Tampoco necesitan una gran boca o unas anchas
mandíbulas, pues nunca ingieren otros peces a
los que deban capturar.
Por tanto, la cabrilla, como buen serránido que
es, está diseñada para capturar pequeños
peces y otros animalillos de un bocado, con lo que una
boca pequeña le haría fallar en muchas
ocasiones. Pero, como vemos, no es el caso de los lábridos.
Ahora ya sabemos un poco más sobre esta familia
tan típica en nuestras costas. En próximos
reportajes detallaremos los aparejos y las técnicas
más eficaces para su captura.
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