Para empezar, ésta debería tener
poco calado, ya que trabajaremos sobre zonas de escollera,
libraremos bajíos y barras, o nos enfrentaremos con
rocas apenas sumergidas, cuyas inmediaciones gusta
rondar a las lubinas.
En
este escenario, la embarcación debe ser muy maniobrable
y capaz de sortear todas las dificultades que hallaremos
en forma de peñas o bancos de arena.
El
hecho de que a nuestro pez le gusten las zonas de
corrientes y turbulencias, nos obligará a que la embarcación
con la que la persigamos reúna condiciones muy marineras,
por lo que una carena “cómoda”, diseñada para enfrentarnos
con el oleaje, resulta más que aconsejable. Asimismo,
conviene que posea un potente motor que nos saque
de apuros –lo que podría ocurrir en nuestro afán por
capturar a la intrépida lubina-.
Pero,
repito, todo depende de la zona que queramos batir,
pues, por ejemplo, muchos aficionados realizan grandes
capturas con un bote a remo, valiéndose tanto de señuelos
artificiales, como de peces vivos, que pasean en zonas
querenciosas para la lubina.
Si
caceamos con lanchas neumáticas tipo “zodiac” fuera
borda, podremos faenar en zonas vedadas a otros tipos
de embarcación. No obstante, las ventajas que presentan
por su ligereza se tornan en dificultades a la hora
de trabajar un gran pez o cuando la mar nos obligue
a regresar a puerto, por la imposibilidad de navegar
con ese mínimo de comodidad que exige la pesca.
En
resumen: aunque hayamos esbozado las características
ideales de la embarcación para cacear lubinas, cualquiera
es válida, con la única pero indispensable condición
de que nos ajustemos a sus características y a nuestra
pericia en su pilotaje. Lo mismo que cualquier automóvil
es apto para desplazarnos de un sitio a otro, a nadie
se le ocurriría conducir por mitad del campo con un
coche común, o no trataría de tomar las curvas en
la autopista a 200 km./h con un vehículo “todoterreno”.
Por
tanto, si disponemos de una embarcación de gran calado
con prestaciones de tipo crucero familiar, o incluso
de un velero, cuya quilla y características imposibilitan
navegar pegados a tierra, busquemos a las lubinas
que se encuentran a cierta distancia de la costa,
que también –como las meigas- haberlas
haylas. Y si no las encontramos en la superficie,
seguro que damos con ellas en las zonas de promontorios
sumergidos, con cierto conocimiento del relieve submarino
y aparejos que trabajen cerca del fondo.
No
obstante, no debemos ocultar el hecho de que, generalmente,
cuanto más pegados a la costa y sus rompientes, mayores
serán las ocasiones de sorprender a la lubina. Pero
en este caso, conviene extremar la prudencia y nunca
arriesgar lo más mínimo. En la navegación costera,
el mayor peligro lo constituyen las piedras, la tierra,
todo lo que no sea agua y pueda mandarnos a pique.
En la mar, sin barco no somos nada.
Por
eso, para este tipo de pesca, debemos conocer el litoral
palmo a palmo, estudiar las cartas hasta memorizarlas
y no dejarnos llevar por el afán de poner nuestro
aparejo donde no podemos llegar, por muy bueno que
nos parezca “ese recorrido lleno de rocas y espuma”
que ruge frente a nuestra proa.
Decíamos
que también son muy provechosos los bajíos un poco
alejados de la costa, donde el fondo es repentinamente
menor y pasa, por ejemplo, de muchos metros a una
veintena o una treintena. Estos lugares suelen ser
muy concurridos por las lubinas, sobre todo si presentan
repliegues rocosos y sinuosidades donde puedan aguardar
a los peces de paso. Con ayuda de los modernos aparatos
de navegación –o si conocemos a la perfección las
marcas- podemos rastrearlos sirviéndonos de peces
artificiales tipo sinking
(señuelos ahogados) que nos proporcionarán excelentes
capturas.
Por
mucho que la lubina coma muy a menudo en superficie,
no es menos cierto que, a considerable profundidad,
se muestra quizás más confiada y pica con decisión,
máxime durante el invierno.
Y
ya metidos en la técnica y el material, conviene recordar
los cambios –a mejor- que se han producido en los
últimos años. Cuando yo era niño las embarcaciones
caceaban sin ayuda de aparatos, lo que exigía un profundo
–y nunca mejor dicho- conocimiento de los fondos,
e impedía aventurarse en zonas no conocidas, lo que
restringía mucho el radio de acción de pesca.
Al
no existir el GPS (Global
Position Sistem) ni las sondas digitales, el aficionado
–y el profesional- descubría y registraba los accidentes
del fondo y las mejores zonas para la pesca como mejor
podía. Lo más apreciado eran las cartas de pesca,
una especie de mapas artesanales que los pescadores
confeccionaban con esmero, en los que se recogían
las características de los fondos sobre los que se
habría de faenar.
Estas
marcas, como se las denominaba, se señalaban mediante
la intersección de puntos sobresalientes en la costa.
Así, por ejemplo, se tomaba como referencia la punta
de un monte con otro, o con una ermita costera, etcétera.
De
esta forma, sin conocer como ahora la longitud y la
latitud, se registraba o se hallaba el punto de pesca
buscado. “El monte del León, con el picacho roto,
y el campanario de Villaparda”, ya teníamos la marca
para situar la embarcación sobre el bajío fructífero.
Y mediante una sonda compuesta por una plomada y un
largo cabo, se podía saber la profundidad del fondo.
Para conocer la composición de éste, en la plomada
se añadía un pegote de sebo u otra sustancia, a fin
de que se adhiriese algo de arena, algas, grava o
aquello que supuestamente conformaba el lecho marino.
A
bordo no se utilizaban cañas, sino que nos apañábamos
con aparejos de mano o chambeles, empleando grandes
cucharillas metálicas ondulantes y plumas y, si pretendíamos
pescar cerca del fondo, un lastre de ¼ kg. para mantener
el señuelo a la profundidad adecuada.

Cuando
el pez picaba, el patrón mantenía la embarcación con
el motor a ralentí, (o la ponía al pairo cuando se
caceaba a vela). Entonces se cobraba el hilo (0.60/0.80)
a mano hasta tener la lubina cerca y, una vez con
la cabeza del pez fuera del agua pegada al costado
del bote, te inclinabas por la borda para prenderlo
metiendo los dedos bajo las agallas. Una vez así sujeto,
sólo restaba echarlo dentro.
No,
no estoy hablando de la prehistoria, sino de unos
pocos años atrás. Sin embargo, en la actualidad, el
aficionado dispone de la ayuda inestimable de las
modernas sondas digitales, que nos permiten saber
cómo es el fondo, a qué profundidad se encuentra,
su relieve y composición y hasta si existen peces
en las inmediaciones. También podremos conocer la
temperatura del agua, las corrientes, velocidad de
la embarcación y, en algunos modelos, se incluyen
funciones de identificación de especies.
Los
sistemas de navegación por satélite han marcado una
revolución, comparable a lo que supuso la brújula
en la antigüedad. Con un simple GPS portátil –a precios
muy módicos- podemos conocer la posición de nuestra
embarcación con una exactitud inverosímil hace unos
pocos lustros.
Estos
aparatos también ofrecen aplicaciones para la navegación
automática -mediante el uso de plotters
gráficos o sus múltiples displays
de datos de navegación- e, incluso, funciones excepcionales
para identificar y retener localizaciones concretas
en situaciones apuradas, como las que se producen
cuando un tripulante cae al agua, terror ancestral
de los hombres de la mar.
Los
toscos aparejos de mano o chambeles, han dejado paso
a unas cañas, cortas y robustas pero flexibles –no
confundir con las de altura o de curricán pesado-,
diseñadas específicamente para este tipo de pesca
desde embarcación.
Los
gruesos sedales de antaño han sido sustituidos con
éxito por otros mucho más finos y que, en combinación
con la caña y el freno del carrete, minimizan el peligro
de rotura pese a su mayor fragilidad inicial.
Con
todo esto la pesca gana en deportividad, aunque hay
que reconocer que, eso de saber cómo es el fondo y
qué secretos esconde, que el océano deje de ser un
medio insondable, le resta un poco de misterio, algo
de encanto.