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| La lubina a cacea
desde embarcación o curricán. Segunda parte. |
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Utilizaremos
siempre señuelos artificiales salvo en contadas excepciones
o en variantes de esta modalidad. Por ejemplo, se
me ocurre la técnica del bote de remos y pez vivo,
muy eficaz y óptima dentro de los puertos, bahías
y otros enclaves abrigados.
Presenta
la ventaja de poder ser practicada en lugares donde
no cabría emplear una embarcación a motor, y es uno
de los métodos tradicionales que más ejemplares proporciona
en nuestras costas. Incluso profesionales de la flota
de bajura, se inclinan en determinadas condiciones
por su uso, como cuando el estado de la mar les imposibilita
salir a faenar y tienen que permanecer dentro de sus
bahías y radas protegidas.
Entonces, con cualquier pececillo vivo y sin
plomo, remando suavemente y “paseando” el cebo a cuarenta
o cincuenta brazas del bote, no habrá lubina que se
resista.
Pero
esta modalidad, como hemos visto, difiere en gran
medida de lo que concebimos como cacea o curricán,
que, repetimos, se lleva a cabo con artificiales.
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¿Qué
artificiales? Todos los que existen para la mar y los
que quedan por venir, es decir, los que existirán en
un futuro más o menos cercano.
¿Cuáles
son los mejores? Ya sabía yo que me vería en aprietos
cuando, -por mucho que lo he evitado- surgiera la pregunta.Para
ser sincero, no lo sé. Es la pregunta del millón: me
la he formulado miles de veces y como yo, el resto de
los aficionados a los artificiales. |
Es
más, cuando voy a pescar acompañado, procuro que, si
mi compañero utiliza, vamos a suponer, un pez artificial,
amarrar yo un anguilón de goma, o si él emplea un jugoso
vinilo tipo lombriz nadadora, poner yo un diablo de
Tasmania o un pez articulado o un señuelo mixto de plumas
o una cucharilla ondulante... ¡qué sé yo!
Lo
que sí es verdad es que, la mayoría de los aficionados
nos decantamos por los modernos peces artificiales,
articulados o no. En parte porque éstos presentan tal
variedad que nos permiten, sin salir de su amplia gama,
utilizarlos en cualquier circunstancia. Me explico.
Antes,
si pretendíamos realizar largos lances, usábamos pesados
chivos de plomo. Ahora tenemos peces de todos los pesos
imaginables. Si queríamos mantener el señuelo navegando
a cierta profundidad, utilizábamos una cucharilla ondulante
con una plomada en la línea para sumergirla tanto como
quisiéramos. Ahora, con un pececillo ahogado, es suficiente.
Si lo que queríamos era un señuelo que se moviese despacio
y provocador, escogíamos un “salvario” –que era un artificial
hecho con la piel de este pez-. Ahora tenemos peces
cuyo movimiento es tan lento y sugestivo como el mejor
de estos salvarios momificados.
Por
tanto, resulta sencillo decantarse por los peces artificiales,
y así lo hacemos la gran mayoría.
La
casa más implantada en la comercialización y producción
de peces artificiales es Rapala, seguida probablemente
por Yo-Zuri o Dam. Existen muchas otras, -que no tienen
que ser mejores ni peores- aunque estas citadas ofrecen
unos estándares de calidad muy altos. |
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| Cada
señuelo se presenta envasado de forma individual, y
suele venir acompañado, además, de un breve prospecto,
donde se detallan algunas de sus características, así
como recomendaciones en cuanto a su empleo. Se especificará
el modelo y la serie a la que pertenece, su tamaño,
su peso -para la cacea en embarcación no nos interesa
este dato, aunque sí para el spinning desde tierra-
o si pertenece al tipo de los flotantes (floating) o
ahogados (sinking).
Los
primeros resultan letales cuando los bancos de peces
pasto merodean por la superficie, lo que se produce
especialmente durante las costeras primaverales y estivales,
aunque no por ello sean ineficaces durante el invierno.
Parece
comprobado que la lubina –al menos una parte de ellas-
realiza en el Mediterráneo y en las costas atlánticas
andaluzas ciertas migraciones “en vertical”, permaneciendo
durante el invierno a cierta profundidad sobre los bajíos
rocosos del fondo, lo que nos brinda la ocasión para
poner a prueba los señuelos ahogados, de amplias paletas
delanteras que los fuerzan a sumergirse. |
Además,
con un poco de práctica, aprenderemos a hacer que naden
a la profundidad que deseamos, regulando su paleta y
ajustando la velocidad de la embarcación.
Mi
opción personal es, tanto en verano como en invierno,
combinar el uso indistinto de los ahogados y los flotantes,
decantándome por unos u otros –o decidiendo mantener
ambos- en función de cómo transcurra la jornada.
En
otras palabras: en esta pesca, apostar todo al rojo
o al negro me parece demasiado arriesgado.
Y
ya metidos en colores, respecto a la librea de los señuelos,
la elección se vuelve más confusa si cabe. Los que presentan
tonos plateados entreverados con franjas oscuras y negras,
imitando a pequeñas caballas, por ejemplo, gozan de
aceptación general. Pero no es menos cierto que libreas
uniformes en tonos cálidos (rojizas, doradas, etcétera)
resultan igualmente satisfactorias, así como encontramos
modelos célebres, como el “cabeza roja”, que no tienen
nada que ver con uno ni con otros. |
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Inclusive
algunos peces de colores muy tenues o sin ningún contraste
cromático, han realizado grandes capturas, al igual
que otros brillantes o fluorescentes se han llevado
la palma en otras ocasiones.
Probablemente
–y dando por hecho que la librea influya tanto como
creemos, lo cual tampoco está probado-
el éxito en la elección del colorido y la forma
dependan de la suma de muchos y muy sutiles factores
que, hoy en día, se nos escapa.
Dándole muchas vueltas a este asunto, he llegado a pensar
que, quizás, lo que nos funciona a nosotros o lo que
les funciona mejor a otros aficionados, pueda depender
de factores tan imperceptibles como la velocidad a la
que habitualmente lo traemos, el tipo de pasadas que
hacemos, la profundidad -¿quién repara en si su señuelo
va dos metros por encima o por debajo?-, el lugar que
solemos elegir, el tipo de sedal y su grosor, la distancia
a la que remolcamos los señuelos o el tipo de embarcación
y el ruido del motor, por citar sólo unos pocos... En
fin, demasiados factores para hacer único responsable
del éxito o del fracaso al colorido o al modelo de nuestro
pez.
¿El
tamaño? Bueno, esto es más sencillo. En principio sirve
para realizar una primera selección de nuestras futuras
presas, aunque de forma muy vaga, pues –como es sabido-
a un señuelo pequeño también puede entrar un pez grande
y viceversa. Pero, con todo, estadísticamente, el tamaño
supondrá una primera “criba”.
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Así pues, alrededor de 10cm. puede ser una medida estándar,
que garantice el ataque de lubinas de tipo mediano –de
entre 1 a 5 kg.-, con todas las excepciones que se pueden
producir a esta norma general.
Respecto
a marcas y modelos concretos de la amplia oferta existente,
pese a que tengo mis preferencias, como entiendo que
no son mejores ni peores que los usados por otros aficionados,
evitaré hacer publicidad. Me limitaré a declarar que,
casi todo lo que existe en el mercado –máxime proviniendo
de primeras marcas- “funciona”, si seguimos las recomendaciones
del fabricante y les damos el uso adecuado.
Pero no sólo hay peces en la viña del Señor. También son muy útiles las cucharillas
ondulantes, los anguilones de goma –a mí me encantan-
y un larguísimo etcétera que nunca utilizamos, hasta
el día que aparece un artículo sobre ellos en una revista
especializada o, al llegar al pantalán con la bañera
vacía, descubrimos a nuestro vecino de atraque ocultando
“sus milagrosos e inverosímiles señuelos” con los que
ha capturado una lubina de ensueño.
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