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. Fotos: Javier García-Egocheaga

Muchos aficionados muestran interés por pescar lubinas a látigo. Por lo menos, eso dicen. Pero cuando preguntamos, nadie, o casi nadie, lo ha conseguido.

Entonces, ¿es que la lubina no es un pez apto para esta técnica?  Sí lo es, aunque, por diferentes motivos, no resulta fácil su captura.

A medida que la pesca con cola de rata ha empezado a extenderse desde las aguas continentales a las marinas, ha comenzado también la búsqueda de posibles candidatos para convertirse en presas. Enseguida hemos pensado en la lubina, en este pez que podemos encontrar muy cerca de la orilla, con pocos centímetros de agua y que ataca a todo lo que se mueve.

En buena lógica, una lubina, que ataca a la gran mayoría de los artificiales, morderá también un estrimer que imite un alevín o un pequeño crustáceo, un camarón, una quisquilla o una pulga de mar, por ejemplo.

Y seguro que, de llegar el señuelo hasta donde se encuentra el depredador y presentárselo de la forma adecuada, será efectivo. Pero, a mi juicio, ahí, precisamente, radica la primera de las dificultades. En que podamos llegar hasta la lubina.

Salvo los ejemplares jóvenes, de carácter gregario y que se desplazan en cardúmenes más o menos compactos, la lubina es un predador que actúa sólo o en pareja, y recorre un extenso territorio de caza. A no ser que su abundancia en una zona concreta sea considerable, las probabilidades de que este pez “se meta” dentro del limitado radio de acción que cubriremos con nuestro aparejo, son escasas. Y para ponerlo más difícil, tendremos que encontrar cierta disposición por su parte para atacar a nuestra imitación, coincidiendo con el tipo de alimento que está buscando en ese lugar.

Por ejemplo, si damos con un bálamo de lubinetas que persiguen en un pozo tildal a unos aterrorizados alevines de mugílidos y hacemos llegar hasta donde se encuentran un estrimer que no se corresponde en absoluto con los pececillos, parece lógico que lo desdeñen y sigan a lo suyo.

Porque, a diferencia de los peces artificiales, los estrimers no recuerdan a nada en concreto y, lo que es peor, no poseen un movimiento incitante, como en el caso de los peces artificiales, sino sólo el que consigamos transmitirles con la habilidad de nuestra muñeca.

Me explico: un pez artificial: lo lanzamos, recogemos y se pone a nadar, a navegar él solito, de maravilla, emitiendo vibraciones y reflejos, convirtiéndose en el centro de atracción con sólo girar la manivela del carrete.

Un estrimer lanzado sobre la mar inmensa. Ameriza. Y no ocurre nada. Si lo traemos recogiendo  no nada nada”, no incita, no provoca. Habrá, pues, que ingeniárselas para hacerlo creíble, dando saltos sobre la superficie, o pequeñas carreras con paradas nerviosas. Difícil. Muy difícil. Pero se puede conseguir.

Por otra parte, que las lubinas se acerquen mucho a la orilla no significa que nosotros nos podamos acercar mucho a ellas, es decir, que entren en nuestro radio de acción pescando a látigo, y menos aún, de día.

La lubina come en el fondo, a media agua y en superficie. Pero no es un pez como, por ejemplo, los  mugílidos, que actúan en compactos cardúmenes “barriendo” todo lo que encuentran a su paso flotando en la superficie. Si a estos últimos les presentamos una imitación de miga de pan –hecha con algodón u otro material similar- no la rechazarán, máxime si antes los hemos cebado con pan. Con los macabíes tropicales, sucede tres cuartos de lo mismo. Por eso son la estrella a látigo en agua salada. Pero es que estos peces se mueven en bálamos de miles de individuos -a través de los manglares en aguas someras- comiendo en superficie, por lo que contaremos con muchas posibilidades de que “se encuentren” con nuestro artificial. Una lubina, por el contrario, no ataca a algo posado, inerte, sobre la superficie.

Comprobamos pues, que la escasa densidad de las lubinas y su forma de alimentarse, hace que su pesca con cola de rata presente, por desgracia para los mosqueros, serios inconvenientes. Por tanto, si queremos esquivar estas contrariedades, tendríamos que localizar un lugar donde sepamos que las lubinas se concentran; que, a poder ser, se encuentre muy cerca de la orilla –si vamos desde tierra-; y que el alimento que estén buscando, pueda ser imitado y montado en una cola de rata.

Existen algunas playas, especialmente aquellas de origen fluvial, que son frecuentadas con asiduidad por bálamos de lubinetas. Si ocupamos la zona tildal con la bajamar y esperamos a que comience a subir la marea,  interceptaremos a estas jóvenes –y no tan jóvenes- lubinas en su recorrido. Provistos de vadeadores, inmóviles entre la espuma de las olas que comienzan a invadir los pozos, y con estrimers saltarines que imiten quisquillas, podemos darles un susto. Si tenemos la suerte de encontrar un bálamo numeroso de lubinetas de alrededor de ½ kg. y las engañamos con nuestros señuelos, la diversión está garantizada.

Si nada de esto funcionase, confiemos en la infalible angula. Fabriquémonos unos artificiales, con plástico o vinilo transparente, y recorramos las márgenes de las rías cantábricas durante las noches de invierno, cuando sube la marea y las lubinas se concentran esperando la llegada de este manjar.

Si existe algún tipo de iluminación artificial o la noche es clara, podremos verlas cebándose como los salmónidos.

Si no, nos tendremos que contentar con escuchar sus “chapladas”, que es como llamamos al instante en que se ceban en la superficie.

Respecto al equipo, utilizaremos un material similar al que empleamos en aguas continentales para la pesca de salmónidos a látigo.

Si tenemos intención de practicar con frecuencia esta pesca, lo mejor será adquirir una caña especial para mar, que ya están disponibles en el mercado español.

En cualquier caso, una caña más bien rápida, de alrededor de nueve pies para una línea del siete o del ocho, debería ser suficiente.  La línea, de material sintético, puede ser “descentrada” (WF) o, mejor aún, del tipo “saltwater” (SW), con el peso más adelantado y de punta sumergida.

 

Añadir un terminal de acero, como recomiendan algunos, me parece una barbaridad. La lubina no es un congrio. Ni siquiera un lucio.

Utilizaremos estrimers ad hoc que, hasta donde sé, apenas se comercializan, por lo que, en la mayoría de las ocasiones, tendremos que fabricárnoslos nosotros o pedírselos a nuestras amistades, en caso de que conozcamos a alguien.