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Muchos
aficionados muestran interés por pescar lubinas a látigo. Por lo
menos, eso dicen. Pero cuando preguntamos, nadie, o casi nadie, lo ha
conseguido.
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Entonces,
¿es que la lubina no es un pez apto para esta técnica?
Sí lo es, aunque, por diferentes motivos, no resulta fácil su
captura.
A
medida que la pesca con cola de rata ha empezado a extenderse desde
las aguas continentales a las marinas, ha comenzado también la búsqueda
de posibles candidatos para convertirse en presas. Enseguida hemos
pensado en la lubina, en este pez que podemos encontrar muy cerca de
la orilla, con pocos centímetros de agua y que ataca a todo lo que se
mueve.
En
buena lógica, una lubina, que ataca a la gran mayoría de los
artificiales, morderá también un estrimer que imite un alevín o un
pequeño crustáceo, un camarón, una quisquilla o una pulga de mar,
por ejemplo.
Y
seguro que, de llegar el señuelo hasta donde se encuentra el
depredador y presentárselo de la forma adecuada, será efectivo.
Pero, a mi juicio, ahí, precisamente, radica la primera de las
dificultades. En que podamos llegar hasta la lubina.
Salvo
los ejemplares jóvenes, de carácter gregario y que se desplazan en
cardúmenes más o menos compactos, la lubina es un predador que actúa
sólo o en pareja, y recorre un extenso territorio de caza. A no ser
que su abundancia en una zona concreta sea considerable, las
probabilidades de que este pez “se meta” dentro del limitado radio
de acción que cubriremos con nuestro aparejo, son escasas. Y para
ponerlo más difícil, tendremos que encontrar cierta disposición por
su parte para atacar a nuestra imitación, coincidiendo con el tipo de
alimento que está buscando en ese lugar.
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Por
ejemplo, si damos con un bálamo de lubinetas que persiguen en un pozo
tildal a unos aterrorizados alevines de mugílidos y hacemos llegar
hasta donde se encuentran un estrimer que no se corresponde en
absoluto con los pececillos, parece lógico que lo desdeñen y sigan a
lo suyo.
Porque,
a diferencia de los peces artificiales, los estrimers no recuerdan a
nada en concreto y, lo que es peor, no poseen un movimiento incitante,
como en el caso de los peces artificiales, sino sólo el que
consigamos transmitirles con la habilidad de nuestra muñeca.
Me explico: un
pez artificial: lo lanzamos, recogemos y se pone a nadar, a navegar él
solito, de maravilla, emitiendo vibraciones y reflejos, convirtiéndose
en el centro de atracción con sólo girar la manivela del carrete.
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Un
estrimer lanzado sobre la mar inmensa. Ameriza. Y no ocurre nada. Si
lo traemos recogiendo “no
nada nada”, no incita, no provoca. Habrá, pues, que ingeniárselas
para hacerlo creíble, dando saltos sobre la superficie, o pequeñas
carreras con paradas nerviosas. Difícil. Muy difícil. Pero se puede
conseguir.
Por
otra parte, que las lubinas se acerquen mucho a la orilla no significa
que nosotros nos podamos acercar mucho a ellas, es decir, que entren
en nuestro radio de acción pescando a látigo, y menos aún, de día.
La
lubina come en el fondo, a media agua y en superficie. Pero no es un
pez como, por ejemplo, los mugílidos,
que actúan en compactos cardúmenes “barriendo” todo lo que
encuentran a su paso flotando en la superficie. Si a estos últimos
les presentamos una imitación de miga de pan –hecha con algodón u
otro material similar- no la rechazarán, máxime si antes los hemos
cebado con pan. Con los macabíes tropicales, sucede tres cuartos de
lo mismo. Por eso son la estrella a látigo en agua salada. Pero es
que estos peces se mueven en bálamos de miles de individuos -a través
de los manglares en aguas someras- comiendo en superficie, por lo que
contaremos con muchas posibilidades de que “se encuentren” con
nuestro artificial. Una lubina, por el contrario, no ataca a algo
posado, inerte, sobre la superficie.
Comprobamos
pues, que la escasa densidad de las lubinas y su forma de alimentarse,
hace que su pesca con cola de rata presente, por desgracia para los
mosqueros, serios inconvenientes. Por tanto, si queremos esquivar
estas contrariedades, tendríamos que localizar un lugar donde sepamos
que las lubinas se concentran; que, a poder ser, se encuentre muy
cerca de la orilla –si vamos desde tierra-; y que el alimento que
estén buscando, pueda ser imitado y montado en una cola de rata.
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Existen
algunas playas, especialmente aquellas de origen fluvial, que son
frecuentadas con asiduidad por bálamos de lubinetas. Si ocupamos la
zona tildal con la bajamar y esperamos a que comience a subir la
marea, interceptaremos a
estas jóvenes –y no tan jóvenes- lubinas en su recorrido.
Provistos de vadeadores, inmóviles entre la espuma de las olas que
comienzan a invadir los pozos, y con estrimers saltarines que imiten
quisquillas, podemos darles un susto. Si tenemos la suerte de
encontrar un bálamo numeroso de lubinetas de alrededor de ½ kg. y
las engañamos con nuestros señuelos, la diversión está
garantizada.
Si
nada de esto funcionase, confiemos en la infalible angula. Fabriquémonos
unos artificiales, con plástico o vinilo transparente, y recorramos
las márgenes de las rías cantábricas durante las noches de
invierno, cuando sube la marea y las lubinas se concentran esperando
la llegada de este manjar.
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Si
existe algún tipo de iluminación artificial o la noche es clara,
podremos verlas cebándose como los salmónidos.
Si
no, nos tendremos que contentar con escuchar sus “chapladas”, que
es como llamamos al instante en que se ceban en la superficie.
Respecto
al equipo, utilizaremos un material similar al que empleamos en aguas
continentales para la pesca de salmónidos a látigo.
Si
tenemos intención de practicar con frecuencia esta pesca, lo mejor
será adquirir una caña especial para mar, que ya están disponibles
en el mercado español.
En
cualquier caso, una caña más bien rápida, de alrededor de nueve
pies para una línea del siete o del ocho, debería ser suficiente.
La línea, de material sintético, puede ser “descentrada”
(WF) o, mejor aún, del tipo “saltwater” (SW), con el peso más
adelantado y de punta sumergida.
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Añadir
un terminal de acero, como recomiendan algunos, me parece una
barbaridad. La lubina no es un congrio. Ni siquiera un lucio.
Utilizaremos
estrimers ad hoc que, hasta
donde sé, apenas se comercializan, por lo que, en la mayoría de las
ocasiones, tendremos que fabricárnoslos nosotros o pedírselos a
nuestras amistades, en caso de que conozcamos a alguien.
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