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| La pesca de la
angula. Segunda parte. |
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Nuestros abuelos todavía compartían la
idea generalizada de que las anguilas nacían del barro
ribereño y la angula era el primer y único paso previo
a su estado adulto.
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| Sin
embargo, se demostró esta falsedad cuando, a mediados
de siglo, se relacionó a las angulas directamente con
el leptocéfalo, que el biólogo danés Schmidt había descubierto
años atrás y de manera fortuita, a la altura de las
Faröes. Esta larva leptocéfala, de perfil plano y que
había sido clasificada como una especie distinta, resultó
ser el paso anterior a la angula en el ciclo biológico
de la anguila.
Las
larvas, algo así como unas hojitas aplastadas y trasparentes,
son transportadas por las corrientes oceánicas desde
el Mar de los Sargazos, situado entre las Bermudas y
las Bahamas –donde eclosionan los huevos-, hasta las
costas Europeas y Americanas (en función de qué especie
de anguila se trate).
Cuando
las larvas leptocéfalas se hallan en aguas litorales,
sufren la transformación definitiva, que las dotará
de las hechuras serpentiformes que les permitirán remontar
el río.
En
este estado (antes de la cazuelita, el ajo y la guindilla)
es en el que nos las encontraremos, todavía trasparentes,
pero ya convertidas en graciosos gusanillos nadadores.
A medida
que se acomodan al agua dulce, pierden peso, grasa,
y una línea oscura se apodera progresivamente de su
lomo. Esta nueva pigmentación que las convertirá definitivamente
en anguilas, es la causante de denominaciones tales
como “angulas de lomo negro”, que, como dijimos, pesan
menos que las de que son enteramente trasparentes, o
blancas tras la cocción.
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| Algunos
sibaritas, sin ponerse de acuerdo en qué etapa (con
o sin pigmentación) resultan más exquisitas, discrepan
sobre el particular. En todo caso, a la lubina le da
igual, y ataca a unas y otras con idéntica ferocidad,
incluso cuando alcanzan la delgadez máxima, tras volverse
totalmente oscuras sin que todavía hayan comenzado a
desarrollarse como anguilas.
Así
era como las encontraba en los veranos de mi infancia,
negras y muy delgaditas; me aplicaba persiguiéndolas
en la desembocadura del río y los en los charcos de
la bajamar: finas como alambres, con la pequeña protuberancia
de la cabecita sobresaliente. No era fácil atraparlas,
no se vayan a creer. Las muy puñeteras se escurrían
a través de la menor rendija que puedan imaginarse y,
aunque eran muy abundantes, hacerse con media docena
-contando sólo con las manos desnudas, las más de las
veces- suponía toda una hazaña.
Sin
duda, pertenecían al último retén de las angulas que
habían recabado en el río durante el invierno y que,
a estas alturas de temporada y por influencia del agua
dulce, se habían provisto ya de su característica pigmentación
de ejemplares adultos. |
| Para
atraparlas, mi redeño –quisquillero- se revelaba del
todo ineficaz, pues la malla de su red no era lo suficientemente
fina.
Así
que me las tenía que ingeniar con otros artefactos,
tales como un colador de café, que en contadas ocasiones
logré distraer.
Para
capturar angulas y pequeñas anguilitas existe un arte
de pesca específico, que en mi tierra se llama cedazo.
Puede ser de formas diversas, adaptado a su uso desde
embarcación o desde tierra, pero aquí sólo nos referiremos
a los de tierra y más artesanales.
Nunca
he encontrado una tienda donde los vendan, así que lo
mejor es fabricárselo uno mismo. No es difícil. Para
ello debemos agenciarnos una tela metálica –a poder
ser inoxidable- de las dimensiones adecuadas (esto suele
rondar 1 m²). Después, una vez elegida la forma que
nos place, -lo más normal es hacerlos cuadrados o circulares-
la cosemos al marco (también metálico) con un fino alambre.
Ahora
tenemos una especie de criba, como la de los buscadores
de pepitas de oro, pero, para que resulte operativo
nuestro artilugio, debemos, por último, acoplarle un
mango, -de entre metro y medio a dos metros- a fin de
poder manejarlo cómodamente y sumergirlo a voluntad. |
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| Ya
contamos con la herramienta adecuada. Vamos a por las
angulas.
Sabemos
que remontan los ríos durante el invierno. Cuanto mayor
sea éste, más angulas se sentirán atraídas, pero incluso
las más exiguas corrientes de agua dulce son visitadas
periódicamente. De esta forma, un débil riachuelo también
puede resultar excelente en ocasiones.
Sólo
cuando cae la noche y la marea está subiendo, se deciden
a remontarlo, por lo que intentar pescarlas de día o
con la marea bajando resultará inútil. |
Una
vez que se den estas condiciones, nos situamos en una
de las márgenes, e introducimos el cedazo. Como si fuera
un cucharón, rebañaremos la orilla en dirección a la
desembocadura –para cortar el paso a las angulas que
suben desde la mar- y sacamos el arte del agua.
Al
trasluz, comprobaremos si algún ejemplar serpentea sobre
nuestra malla metálica, en cuyo caso, lo dejamos caer
sobre un receptáculo que llevamos preparado. Para verlas,
es aconsejable acompañarse de un candil o un farolillo
y, sobre la boca de nuestro receptáculo, colocaremos
una redecilla de paño que permita colarse a las angulas,
pero no a los restos de broza y suciedades varias que
también atrapa el cedazo.
En
verano, las angulas no remontan el río, pero quedan
algunas diminutas anguilitas en las inmediaciones de
la desembocadura y en los canales costeros.
Para
atraparlas, batiremos las orillas y la vegetación del
fondo con el cedazo hasta que demos con ellas. En este
quehacer, también capturaremos algún cangrejillo, quisquillas
o pequeños peces, todo ello magnífico cebo para tentar
a las lubinas.
Las
angulas se conservan vivas durante meses, con sólo mantenerlas
en un recipiente adecuado –casi todos con más de ½ m²
de fondo lo son- y agua suficiente. Si no queremos alimentarlas,
tampoco pasa nada, pues subsistirán gracias a sus reservas
de grasa.
Si
nuestra intención es cocinarlas, antes debemos matarlas
(lo que no es tan fácil como pudiera suponerse), pues,
en caso contrario, saltarán al contacto con la cazuela
y se dispersarán por el suelo de la cocina. Lo tradicional
es matarlas con nicotina, veneno al que son muy sensibles,
aunque también podemos hacerlo introduciéndolas -hasta
llenarlo- en un bote hermético, y luego cerrarlo, con
lo que morirán asfixiadas en pocos minutos.
Para
utilizarlas como cebo, lo mejor es que estén vivas.
Podemos prenderlas en el anzuelo atravesándolas por
cualquier parte.
No
obstante, para sujetarlas con firmeza y evitar poner
de carnada uno de nuestros dedos, mientras lidiamos
con la escurridiza angula, lo mejor es rebozarlas con
serrín o con arena.
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