La primera vez que observas una lubina de cerca,
con detalle, se te queda grabado para siempre su estilizado
porte, su robusta cabeza, las mandíbulas cortadas
en violentos ángulos, la bocaza predadora, el brillo
acerado de su piel...
Así
se me presentó la primera lubina que pude contemplar,
ya vencida, en el muelle de D. Luis, al lado de mi
casa.
Estaba
insidiando a los panchitos y chicharrillos con una
caña –mi caña querida de la infancia, que no alcanzo
a recordar qué fue de ella- de color champán y mango
de corcho. Comenzaba a anochecer y, aunque estábamos
en pleno verano, las muchas horas sentado en el muelle
–solía empezar a pescar después de comer y no terminaba
hasta que se hacía de noche, calculando ya la bronca
materna por haber llegado tarde a la cena- habían
entumecido mis pantorrillas, que los pantalones cortos
dejaban a la intemperie.
Entonces
llegó a mis oídos la noticia. Alguien lo anunciaba
a voces: habían sacado una gran lubina en la punta
del muelle. Dejé en el suelo mi caña achampañada,
me incorporé de un brinco y corrí el centenar de metros
que me separaban de la punta. Acababan de encender
las farolas y el impresionante pez brillaba a la luz
pálida de aquellas lunas artificiales.
El lugar
estaba muy concurrido, todos querían observar de cerca
el trofeo, por lo que tuve que abrirme paso a empellones
entre las piernas de los “mayores”, que hacían corro
alrededor del soberbio animal. Lo toqué y lo hubiera
continuado haciendo si no es porque alguien me lo
impidió de malas maneras.

El pez,
vencido sobre el asfalto del muelle, boqueaba y miraba
con ojos vacíos –sin comprender su capacidad de convocatoria-
al numeroso público que había se congregado en torno
a ella.
Retuve
algunas frases captadas al azar: “Le ha puesto un
chicharro vivo como cebo”. “Sí, la había visto ya
y ha encarnado con un chicharro que acababa de pescar.
Con eso la ha cogido.”
Deduje
entonces que las lubinas se pescaban cebando con otros
peces, a poder ser vivos, y así fue como conseguí
capturar mis primeros ejemplares, aunque para entonces
ya supiera que se podían pescar de muchas más formas.
No me
interesó saber quién la había pescado. En realidad,
era el pez lo único que reclamaba mi atención. Me
pareció inmenso, casi inabarcable con mis manos infantiles;
sin duda, una captura que desbordaba todas mis expectativas
de aquellos tiempos.
Al día
siguiente me levanté todavía soñando con la lubina
y quizás, desde entonces, comencé a mitificar a ese
pez que, sólo al cabo de muchos años de intentonas
infructuosas, conseguí capturar. Por cierto, y ahora
que caigo: fue en el mismo sitio y de idéntica forma
a como lo hiciera aquel pescador de mi niñez.
Se me
había pasado por alto, pero la primera -y mágica-
vez que conseguí engañar una lubina, estaba pescando
chicharrillos en la punta del muelle de D. Luis.
La mañana
se presentaba lluviosa, con un cielo plomizo que auguraba
un inminente chaparrón. Se había instalado un bálamo
de chicharros en la bahía de Castro. Eran peces de
pequeño tamaño que se juntaban en sus idas y venidas
con el banco de panchitos que, por esas mismas fechas,
había buscado también las tranquilas aguas del puerto.
Era lo habitual durante el mes de agosto.
Hasta
los años ochenta se juntaban en la bahía castreña
miles de panchitos y chicharrillos. Y a su compañía
acudían bogas, pispirutos, agucíos y otros muchos
peces de escasa talla, para hacer las delicias de
los pescadores de caña, sobre todo de los más jóvenes,
que podían capturarlos a docenas con sencillos aparejos
a boya y casi cualquier carnada.
Pero
esta reunión anual de peces-presa atraía a los grandes
predadores costeros. Los calamares se movían como
diminutos “cazas” a reacción sembrando el pánico en
los bálamos; las sepias, amparadas por su sofisticado
sistema de camuflaje, se acercaban, pegadas a la pared
del muelle, sigilosas hasta situarse al lado de sus
víctimas; y, como siempre, lubinas de distintos tamaños
peinaban todos los rincones de la bahía y llenaban
sus estómagos con los pececillos más débiles o más
incautos. Con aquellos que nadaban lisiados, con los
que, perdido su bálamo, se movían indecisos entre
peces de otras especies, con algunos desgraciados
a los que la mar se les hacía pequeña cuando el implacable
predador se lanzaba a por ellos...
Entonces,
el pescador de caña que observaba cómo una nube de
pececillos devoraba su carnada a menos de dos brazas
de la superficie, podía contemplar las evoluciones
de los predadores y cómo, durante unos minutos, desaparecían
los peces-presa y una lubina o un calamar rondaba
ahora cerca de su anzuelo.
Tan
pronto desaparecía el peligro, volvían a acudir en
masa chicharrillos y panchitos a dar buena cuenta
de la carnada y se reanudaba la febril actividad en
el pesquil. En el ínterin, el pescador, un tanto frustrado
-pues esa lubina que merodeaba bajo su caña no se
interesaba para nada por la carnada que le ofrecía-
esperaba a que se alejase el predador para proseguir
capturando sabrosos mini tallas.
Aquel
día de agosto, cada vez más oscuro por las nubes que
traía el viento húmedo del oeste, me hallaba empeñado
en atrapar una lubina, y no los panchitos y chicharrillos
habituales.
Pero
estas lubinas, acostumbradas a rondar por la bahía
y conocedoras del ser humano y sus mañas para capturarlas,
resultaban las más desconfiadas. Y aunque su audacia
para dejarse ver por los ojos ansiosos de los aficionados
sentados por docenas a lo largo del muelle, podía
presagiar mayores dosis de confianza a la hora de
atacar un cebo que éstos le presentasen, el efecto
era el contrario. Dejarse ver, mucho. Casi tocar.
Pero de ahí a dejarse capturar en una de las líneas
que abarrotaban la bahía, mediaba un trecho que nos
parecía imposible de recorrer.
Había
encarnado un anzuelo con un panchito vivo y lo tenía
nadando a trompicones, colgado de una caña desde hacía
más de una hora. Mientras, continuaba pescando a sus
congéneres con otra, y cuando la lubina se acercaba
y cargaba contra ellos, dispersándolos de inmediato
con una eficacia que para sí quisieran los antidisturbios,
mi panchito preso, incapaz de poner agua por medio,
parecía especialmente nervioso. Trataba de escapar
inútilmente, se debatía, y yo notaba su desesperación
en la puntera de la caña cuando la lubina se acercaba.
El corazón se me ponía a mil por hora, el predador
hacía un amago de ataque y ya tenía la caña en la
mano, preparada para dar un tirón tan pronto viese
el pececillo desaparecer en la profundidad de su boca
feroz.
Sin
embargo, nunca ocurría. El lobo feroz no era tan feroz
después de todo, pensaba frustrado. Y el cuento no
terminaba como yo deseaba. Así una y otra vez. Era
para desquiciar al más templado.
Los
nubarrones, cada vez más negros e inquietantes, no
amagaban como las lubinas, sino que cumplieron su
amenaza en forma de violenta tormenta, que nos hizo
salir corriendo a refugiarnos bajo un insuficiente
alero al socaire del faro.
Contemplaba
desde allí mis dos cañas tiradas en el suelo y empapadas
por el chaparrón.
Ya no
quedaba nadie pescando. La mayoría había recogido
precipitadamente y se había marchado. Los más obstinados
aguardábamos a que pasase la tormenta arrimándonos
al escaso socaire que ofrecía aquel improvisado refugio.
No paraba de llover y me sentía cada vez más mojado.
Estaba decidido a irme si la situación se prolongaba
unos minutos más. Mientras, pensaba en que tendría
que secar y engrasar los carretes en cuanto llegase
a casa.
De repente,
una de las cañas que había abandonado bajo la lluvia
se movió con unas fuertes sacudidas. Era en la que
tenía un panchito vivo al final de la línea y supuse
lo que estaba ocurriendo.
“¡Por
fin!” –me dije- mientras corría a sostenerla antes
de que acabase haciendo esquí acuático por la bahía.
En ese momento, sí que me daba lo mismo que lloviese
o que cayesen chuzos de punta.
Levanté
la caña y pregunté. Sentí al pez, que no era muy grande,
pero que defendía su libertad como un bravo. Supe
que no sería una captura espectacular, que, probablemente,
no llegaría a pesar un kilo, pero también estaba seguro
de que sería una lubina: una de esas lubinas terciaditas
y bien hechas que se cebaban con los pececillos que
inútilmente habían buscado refugio en la bahía.
Si,
al recoger hilo y sacar del agua a mi presa, se hubiese
tratado de otro pez, confieso que me habría sentido
decepcionado. Tenía que ser por fuerza una lubina,
quizás una lubineta, pero, en cualquier caso un representante
de esta especie.
Mi alegría
fue inmensa cuando la puse en tierra. Por supuesto,
se trataba de una lubina: de la primera que atrapaba
con caña.