| |
| Salmonetes de noche:
una pesca sencilla y sabrosa. |
 |
|
|
El salmonete constituye una presa habitual
de los aficionados que practican la pesca al lanzado.
Sin embargo, pocos son los que se dedican específicamente
a este pez, y su captura, por lo tanto, suele obedecer
a la casualidad.

|
Esto no quita para que el aficionado que desee pescar
salmonetes, pueda hacerlo con ciertas garantías de
éxito si elige los lugares, el cebo y los aparejos
apropiados.
El salmonete
se alimenta de forma ininterrumpida tanto de día como
de noche, pero dado que el cebo que le presentaremos
es blando y apetecido por casi todos los pequeños
peces que pueblan estas aguas, optaremos por intentar
su pesca en periodos nocturnos. ¿Por qué? Pues porque
con la oscuridad muchos de estos pequeños peces –por
ejemplo todos los lábridos- se retiran a sus escondites
hasta el amanecer, con lo que no atacarán al cebo
que va destinado al salmonete. Esto no impide que
otros pezqueñines
continúen activos –como los espáridos- pero, al
menos, descartaremos un buen número de ellos.
Lo cierto
es que pescar salmonetes no es difícil, pero sí puede
serlo su localización. En otras palabras: es una especie
que no presenta problemas para su captura, una vez
que hemos dado con la zona donde habita. Entonces
su pesca puede ser coser y cantar, pues nuestro pez
se comporta como un rastreador meticuloso, y no dejará
ni un cm² por registrar hasta dar con el cebo. Prueba
de esta búsqueda incesante del alimento hozando por
el lecho marino, son los manchones negros que observamos
a veces en el fondo y que constituyen una buena señal
para asegurarnos su presencia. |
|
| Cosas de familia
Existen
dos tipos de salmonetes en nuestras costas: el de roca
(Mullus surmuletus) y el de fango (Mullus barbatus).
Ambas especies se asemejan tanto en su comportamiento,
como en su morfología. La diferencia más apreciable
estriba en la coloración, que, en el caso del de fango,
es gris con reflejos metálicos plateados o casi negros,
mientras que el de roca exhibe vivos colores rojos,
naranjas, amarillos o fucsias. También podemos diferenciarlos
por la forma del morro, mucho menos achatada en el de
roca.
En lo gastronómico, las similitudes
no son tantas, pues su pariente de fango presenta un
marcado sabor a barro, a balsa, que recuerda al de algunos
ciprínidos que habitan pantanos, remansos y otras aguas
de escasa corriente.
Además, el salmonete de fango frecuenta
mayores profundidades, por lo que no es habitual su
captura por parte de los aficionados. En cambio, el
de roca, que se aproxima durante la primavera a la costa
para permanecer allí todo el verano, resulta un pez
atrevido, que gusta de merodear por todos los lechos
‘blandos’ -ya sean de arena, de fango o mixtos- incluso
con muy poca profundidad. |
Este comportamiento lo pone a tiro
de las cañas de lanzado y propicia que podamos ofrecerle
nuestro cebo con bastantes garantías de que lo encontrará,
si otro pez no da antes con él, como pasa a menudo.
Y es que, muchas veces, el salmonete viaja acompañado
de pequeños sargos que pululan a su alrededor y aprovechan
el alimento que el salmonete desentierra o descubre.
Me explico. El salmonete rastrea parsimonioso el fondo
con sus barbillones y hoza en el lecho buscando animalillos
o partículas comestibles. Los sargos de escasa envergadura
siguen su andadura, a pocos centímetros por encima,
y se lanzan como misiles sobre el alimento que acaba
de descubrir.
Dado
lo frecuentes que resultan estas disputas alimenticias
con los pequeños sargos, las primeras picadas que
detecte la puntera de nuestra caña pueden corresponder
a los ataques de los minúsculos espáridos, o bien
a la primera y tímida cata del salmonete, que después
se convertirá en una decidida picada.
Este
dato es importante, ya que, si lo dejamos comer, nos
aseguramos que el anzuelo quedará sólidamente instalado
en lo más profundo de su boca. Ahora bien, si tratamos
de clavarlo en los primeros instantes –durante el
corto periodo de ‘cata’ al que antes me refería- conviene
no tirar con fuerza, so riesgo de arrebatarle el bocado
o de romperle su ya de por sí endeble boca. En cualquier
caso, es preferible no apresurarse, pues, una vez
que haya probado nuestro cebo, si éste es de su gusto,
se lo tragará sin mayores contemplaciones y lo tendremos
preso. |
| El
material
El aparejo que
vamos a utilizar es realmente sencillo. Basta con que
cumpla su función, que no es otra que la de mantener
el cebo tendido en el fondo, el único sitio donde lo
buscará nuestro pez.
Yo me
suelo decantar por el empleo de un plomo tipo oliva
corredizo, con un quitavueltas que marcará el tope.
Al quitavueltas, amarrado a la línea madre, fijaremos
una bajo de sedal de menos del 0.20, y aquí empataremos
un anzuelo de tamaño mediano y poco robusto.
| 
|
| Recuérdese
que el salmonete nunca alcanza un gran tamaño y una
pieza que supere 1 kg. peso es algo excepcional. Además,
ya señalamos que su boca no es fuerte, aunque sí relativamente
grande comparada con su tamaño, por lo que la elección
del anzuelo no planteará problemas. En realidad, casi
cualquiera le va bien.
El bajo
de línea tampoco debe ser muy largo y con algo menos
de una braza será más que suficiente. El salmonete no
es un pez muy exigente en este sentido, y un bajo tirando
a corto evitará enredos, en caso de pescar en aguas
poco profundas o con la mar revuelta.
Así que,
con un aparejo muy simple (plomo, quitavueltas, anzuelo)
nos arreglaremos bien, sin que debamos utilizar materiales
caros o sofisticados.
La caña que usaremos
puede ser una de las más corrientes que existen en el
mercado. El único requisito que debe cumplir es que
la puntera sea lo suficientemente sensible para detectar
la picada. Con eso basta. Ah, y se me olvidaba: si quieren
disfrutar esta pesca, procuren que el material empleado
sea lo más ligero posible.
Aunque la defensa
de este pez no sea para lanzar
cohetes, resulta digna durante los primeros compases
de la lucha, lo que se traduce en violentos tirones.
Es el justo premio para el pescador que ha adecuado
el material a las dimensiones de su presa y puede apreciar
la batalla del salmonete en lo que vale. |
Los cebos
En este
apartado es quizás donde nuestro pez se muestra más
riguroso. Aquí no vale cualquier cosa. Sólo acepta cebos
blandos provenientes de invertebrados y no todos.
Un aparejo
cebado con trozos de pescado (sardina, anchoa, etc.)o
de cefalópodos (calamar, sepia...) u otras carnadas
que se suponen poco menos que universales para la pesca
en la mar, será rechazado.
Lo mejor
consiste en emplear anélidos de casi cualquier tipo,
tanto da que sea gusana de rosca, de arena o serrín,
americana, coreana, gusano rojo, etc. Todos los gusanos
marinos le encantan, por lo que será el mejor cebo que
podemos ofrecerle.
|
En este caso, aconsejamos
ser generosos en la cantidad que ponemos en el anzuelo
y, si el tamaño lo permite, encarnar la gusana entera.
Existen varias razones para proceder así: la primera,
como ya vimos, porque es frecuente que otros pececillos
acompañen al salmonete y se lleven, antes que él, una
porción del alimento. La segunda, porque una buena gusana
entera y viva le resultará más fácil de localizar. Y
la tercera y no menos importante, porque el salmonete
traga buenos bocados si se le presenta la ocasión, por
lo que no arrancará un pedazo y se marchará, sino que
devorará toda la carnada y con ella, el anzuelo.
| |
También
podemos cebar con mejillón, con navaja o con otros bivalvos,
pero lo más sencillo y recomendable es emplear anélidos,
con los que siempre acertaremos.
Una última
cosa antes de despedirme: cuando atrapemos un salmonete,
tras desanzuelarlo, debemos escamarlo para que aparezca
ese color rojo vivo en todo su esplendor.
Esta tarea
es sencilla cuando todavía está vivo, pues sus escamas
son grandes y se desprenden con facilidad pasando la
uña del dedo pulgar a contra pelo –contra escama, vamos-.
De esta
manera, la parte escamada se tornará de un rojo intenso,
que hará de nuestras capturas bellísimos trofeos.
|
| |
|
|
|
|