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| Sargos a boya:
una pesca otoñal. |
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Llega
el otoño, la mar se pone súbitamente nerviosa, como
si supiera que la placidez del verano toca a su fin;
las mareas vivas rompen el fondo y los sargos aprovechan
tanta agitación para atiborrarse de quisquillas.
Ha
llegado el momento de echarnos la caña al hombro y
buscarlos en las aguas turbias que constituyen sus
lugares de caza. Una vez más, intentaremos cazar al
cazador.

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Vamos a ocuparnos de un tipo de pesca muy específico.
Se acabó eso de echar la caña “a ver lo que pica”.
Pescar sargos a corcho en el Cantábrico durante el
otoño es todo un ritual. Y los devotos, que somos
muchos, nos preparamos a conciencia para la ocasión.
Aquí no se improvisa una jornada de pesca. Más bien,
se aguarda a que se den las condiciones que la propician,
el cúmulo de circunstancias que resulta imprescindible
para llevar nuestra empresa a buen puerto.
Antes
que nada, la mar de fondo debe ser considerable. Si
no está gorda el agua y no hay suficiente golpe, perderemos
el tiempo. Después, nos aseguraremos que la marea
comience a subir en el momento propicio, esto es,
cuando nos disponemos a comenzar la pesca. Por último,
que contamos con suficiente cebo y macizo para atraer
y aguantar a los bálamos de pequeños sargos en el
pesquil.
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Una larga jornada de pesca.
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Mareas vivas durante
los meses otoñales. Hemos comprobado el mal estado de
la mar y decidimos pasar a la acción.
Miles de pequeños peces del género
Diplodus nos esperan en el interior de los puertos,
en las dársenas, al pie de los paseos marítimos, en
los lugares protegidos donde habitualmente el agua está
tranquila y transparente. Pero ahora, el maretón
que hay fuera y las grandes mareas, consiguen que los
botes amarrados golpeen la superficie, que se escuche
el tintineo metálico de la jarcia en los veleros y que
el agua haya adquirido un color chocolate muy sugestivo
para la pesca.
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Todo en la bahía es agitación, y
los sargos, que entienden la señal, se lanzan al unísono
a explorar esas zonas lindantes con la tierra, riquísimas
en pequeños crustáceos. Ha llegado su oportunidad...
¡Y la nuestra!
Necesitaremos algo para atraer su
atención. ¿Tenemos macizo? El macizo o engodo puede
hacerse de distintas maneras. Lo único indispensable
es que contenga suficientes sustancias nutritivas
para engolosinar a los sargos y que desprenda un fuerte
olor que les resulte atractivo. Lo podemos elaborar
a base de restos de sardinas, anchoas, etcétera; también
machacando erizos de mar mezclándolos con arena, vísceras
de pescado, sangre de atún o cualquier otra sustancia
que reúna los requisitos anteriormente descritos.
Siguiente paso: mientras baja la
marea, nos dirigimos a la zona tildal, a los pozos
poco profundos que deja la mar al retirarse, para
proveernos de quisquilla. Para ello empleamos redeños
y reteles, a poder ser cebados con restos de pescado
(las cabezas de bonito son ideales).
Con la punta de la bajamar, tan pronto
como se inicie de nuevo el ciclo ascendente de la
marea, finalizamos la recolección de cebo y cambiamos
los redeños por la caña. Conservaremos vivas las quisquillas
envueltas en un trapo húmedo o entre algas mojadas,
en una cesta de mimbre que les permita respirar. Nunca
en envases cerrados de plástico. Menos aún con agua.
En ese caso mueren a los pocos minutos. Lo mejor,
si disponemos de esta útil prenda, es una boina vieja,
previamente empapada en agua de mar. |
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Comienza la fiesta. |
Durante
el otoño, el agua del Cantábrico todavía está caliente
y hay mucha comida. La turbiedad y el movimiento de
la mar beneficia a los sargos, que consiguen así cazar
en condiciones privilegiadas. Cuando la mar se va adueñando
de las zonas que quedaron en seco, llega el momento
de echar la caña. Téngase en cuenta que los sargos recorren
el mismo camino que la marea y están esperando a que
ésta suba para investigar las zonas que acaban de ser
inundadas. Así que macizamos la zona elegida para que
los sargos –o chapastas- se arremolinen en ese punto
concreto donde habremos de pescar.
A la hora
de repartir el macizo o engodo, debemos tener muy presentes
un par de cosas: que pueden existir corrientes que lleven
el macizo –y detrás a las peces- lejos de nuestro pesquil.
Y que el macizo hay que dosificarlo de manera que no
empachemos a la pesca.
Por eso,
cuando “echamos publicidad” –macizo, vamos- alrededor
de nuestro aparejo, ha de ser siempre con medida y buen
tino.
Por supuesto,
si contamos con gran cantidad de quisquillas, arrojar
puñaditos de estos crustáceos al agua, constituirá un
estupendo macizo.
En cuanto comienzan a producirse las picadas, obraremos
con prontitud y sacaremos a las piezas del agua lo antes
posible, con objeto de que no asusten a sus semejantes.
Los sargos (y cuando son pequeños, mucho más) suelen presentar
un comportamiento muy gregario, y en estos periodos juveniles
acostumbran a convivir varias especies en los mismos bálamos,
especialmente mojarras y sargos comunes.
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El aparejo. |
El aparejo
es bastante simple. Un corcho, un plomo corredizo tipo
oliva y un quitavueltas haciendo de tope. Podemos montar
uno o dos anzuelos, según los gustos y la habilidad
de cada aficionado.
Ahora bien, lo que sí es de crucial
importancia es que el bajo de sedal sea fino –nunca
más del 0.22- y largo –nunca menos de braza y media-.
Los anzuelos, pequeños, deben ser muy afilados y cortos
–carbono mejor- para clavar al primer toque y no exceder
el tamaño de la quisquilla. |
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| Por
su parte, la quisquilla se encarna comenzando por el
extremo de la “cola”, de manera que el anzuelo siga
con su forma el cuerpo del crustáceo y la punta quede
alojada a la altura de la cabeza del animalillo.
El corcho
debe ser muy sensible, bien lastrado, para que se hunda
con la más ligera presión. Si el pez nota resistencia
quizás deseche el bocado que le presentamos.
Podemos
pescar muy cerca de tierra y con muy poca profundidad,
pues, si el agua está suficientemente gorda, los sargos
se aventurarán a cazar con muy poco fondo. Pero si queremos
dar más calado a nuestro aparejo y la caña que llevamos
es demasiado corta para realizar lanzamientos adecuados,
siempre podremos recurrir al truco de la bolita de plástico.
Para ello,
tomamos una cuenta de plástico o una perlita agujereada
y la ensartamos en la línea madre por encima de la boya,
a la que le habremos quitado el pasador. De esta manera,
al lanzar el aparejo al agua, el plomo hace que el cebo
vaya directo al fondo, mientras que el corcho –despojado
del pasador que lo pinza con la línea- flota libremente.
Entonces, calculando la profundidad a la que deseamos
que trabaje nuestro cebo, damos un nudo en la línea
madre con un trocito de sedal, que hará de tope cuando
encuentre la cuenta de plástico que queda sobre el corcho.
Con esta sencilla operación, conseguiremos que el cebo
se hunda a la profundidad que consideramos ideal, sin
preocuparnos en lo sucesivo por los lanzamientos. |
La técnica. |
Es
una pesca de reflejos. Los sargos llegan atraídos por
el aroma nutritivo que desprende el macizo y se encuentran
con una quisquilla –“bailando” a media agua- que parece
que va a desparecer en cualquier momento, a causa del
movimiento y la turbiedad. Por eso, para que el cebo
sugiera al pez la impresión de que es un animalillo
que se le puede escapar, es tan importante un bajo de
sedal largo y fino, que permita a nuestra quisquilla
gozar de la máxima movilidad.
Esta situación
hará que el pez ataque con ferocidad el cebo, para,
acto seguido, tratar de huir con él. Si descubre el
anzuelo –que lo descubre, créanme- lo rechazará.
Conclusión:
clavar al primer toque. Un error típico es propinar
un fuerte golpe, un cañazo, vamos, que “sacará” la carnada
y el anzuelo de la boca del pez, o simplemente se la
desgarrará.

Debemos
clavar con la muñeca, nunca con el brazo. Por eso conviene
que la caña tenga cierta acción de punta, sin llegar
a ser muy rígida.
Clavar
bien es tan importante como interpretar correctamente
las oscilaciones del corcho. El que sepa estas dos cosas
tiene el éxito casi asegurado.
Generalmente,
las capturas serán de escaso tamaño, pero esto no le
resta un ápice de emoción a esta pesca. Los sargos,
por diminutos que parezcan, siempre son combativos y
tiran del sedal con una fuerza inusual para su tamaño.
Por otro
lado, si pescamos con dos anzuelos, los dobletes son
frecuentes, y las picadas, en las condiciones descritas,
constantes. La diversión está, pues, asegurada... Y
fritos en la sartén, estos pequeños peces son excelentes
para rematar una jornada que se inició muy de mañana,
mientras elaborábamos el macizo y ya nos temblaba la
muñeca, que habríamos de poner a prueba horas después
con los insaciables sargos otoñales. |
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