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| Señuelos
artificiales. Primera parte. |
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Sobre los señuelos se ha escrito mucho,
pero nunca es suficiente.
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Los peces predadores tienen algunos sentidos muy
desarrollados. La vista suele ser uno de ellos, aunque
no necesariamente (el tiburón es más bien algo cegato,
por ejemplo). Lo que sí tienen siempre muy fino es
un sentido que a nosotros nos es ajeno y consiste
en lo que se conoce por línea lateral, un órgano sensitivo
que detecta las vibraciones en su medio, esto es,
en el agua.
También el sentido del gusto suele estar muy desarrollado,
(además, el agua transmite mejor los sabores y las
vibraciones que el aire). Para entender este sentido
debemos saber que el olfato –tal como lo conocemos-
parece ajeno a los peces, pero el gusto es de hecho
el equivalente a nuestro sentido del olfato y opera
como tal. Esto es así porque los olores se transmiten
en el aire, mientras que el agua (un medio 800 veces
más denso) lo que transporta es en realidad partículas
gustativas que el pez detectará con precisión perruna
a modo de olores terrestres.
Por tanto, cuando hablemos de su sentido del gusto
no pensemos en nuestro paladar, sino en nuestra pituitaria.
Sin embargo, este sentido, digamos del gusto-olfativo no ayudará a que los peces se lancen sobre nuestros
señuelos, sino todo lo contrario. Por tanto, el secreto
de la atracción de los artificiales debe estribar
en la vista y en la línea lateral.
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Una caja repleta de vinilos.
| Teniendo todo esto en
cuenta y tomando muchas referencias y ejemplos en distintas
especies, y actuando asimismo en condiciones variadas,
llegamos a la conclusión que cada especie o cada individuo
en cada circunstancia, ataca guiado por sentidos distintos
y quizás, por razones diferentes.
Nos parece lógico que una lubina, pez
que ve muy bien, se lance contra un pez artificial en
medio de la espuma y rechace a ese mismo pez si lo encuentra
en aguas quietas y cristalinas, o una trucha que es
engañada por una cucharilla en un río crecido y turbio,
la rechace en una poza transparente.
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Entonces podríamos
decir: “Claro, ha descubierto el engaño y no pica.”
Hasta aquí todos de acuerdo. Pero no
es tan sencillo. También hemos observado a predadores
lanzarse sobre los señuelos más aparatosos, artificiales
e inverosímiles en la naturaleza, en condiciones de
aguas quietas, con una visibilidad total, aunque esto
es menos común que lo anterior.
O a alevines de especies predadoras
atacar a señuelos casi tan grandes como ellos, que,
por su tamaño, nunca constituirían sus presas naturales.
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Diferentes tipos de anguilón
fabricados en vinilo.
| Por último,
tampoco es extraño contemplar cómo un predador, “juega”
con el artificial, y le da con el morro o con las aletas
y, en ocasiones, acaba siendo clavado –lo que se conoce
por “robar” el pez-.
Por tanto, esto nos lleva a suponer
que los predadores atacan a los artificiales por varias
y distintas razones: Por entretenimiento, por su necesidad
de alimentarse y quizás también, por defender su territorio
de caza frente a posibles intrusos.
Por supuesto que la opción más frecuente
será la que hace referencia a su alimentación, pero,
en todo caso, no la única. |
Se me ocurre citar
el ejemplo del salmón, depredador como todo buen salmónido,
que, cuando se halla remontando el río para desovar,
pica por instinto, no por necesidad de alimentarse (pues
en esta fase de su vida abandona la nutrición), aunque
también conviene señalar que lo hace tanto a cebos naturales
como a artificiales.
Esto nos plantea otra pregunta que
nos hacemos constantemente todos los aficionados al
spinning: ¿Qué señuelos son efectivos?
Todos. Sin duda. Todo lo que se desplaza
por el agua de menor tamaño que el predador, es objeto
de su interés.
Casi todos los pescadores hemos tenido
ocasión de contemplar alguna vez, cómo, cuando recogíamos
nuestro aparejo, era perseguido el plomo por una lubina
o una aguja, o cómo una pluma o una hojita caída sobre
un remanso, que se movía empujada por el viento cortando
la superficie, era objeto del ataque de una trucha u
otro predador.
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Algunos modelos para la pesca en mar proviene de la
pesca en aguas continentales.
| Entonces,
si todos los señuelos son eficaces, ¿por qué razón no
pescamos tan pronto como una de nuestras cucharillas
o peces artificiales, de bonito y conseguido diseño,
atraviesan las aguas?
La
respuesta es fácil y difícil al mismo tiempo. Lo fácil,
y sin duda, acertado también, sería decir que eso concierne
a los peces, que picarán o no a nuestro señuelo por
las razones que sean, pero, que, en cualquier caso,
sobre esto no tenemos ningún control. Esta respuesta
sería sensata, pero no nos aclara nada, y además yo
soy de los que están convencidos de que se pueden buscar
las razones –digamos ocultas-, que poseen los peces
para picar o no a un señuelo determinado en unas condiciones
determinadas. |
En
otras palabras, hablar de apetencias es impropio cuando
nos referimos a los peces, puesto que, como animales
que son, se rigen por un código intrincado y complejo
marcado por su instinto o, si lo prefieren y para darle
la razón a Richard Dawkins ,
por los imperativos que imponen sus genes.
Así,
un pez atacará a un señuelo cuando éste desate en él
una reacción natural que le mueva a hacerlo, y, en consecuencia,
la función primordial del señuelo será, por un lado,
propiciar el ataque y, por otro, burlar los mecanismos
del pez, que hacen que ataque a determinadas presas
y rechace otras. Damos por supuesto el de la alimentación
como estímulo más probable en la mayoría de las ocasiones,
aunque esto no quiera decir que rechacemos otros a
priori. En todo caso, cuanto más sepamos sobre sus
preferencias alimenticias y en qué contesto se sitúan
éstas, más posibilidades tendremos de darle gato por
liebre, adecuando nuestros artificiales para que reproduzcan
con fidelidad todo aquello que estimula al pez y provoca
su ataque. |
R. Dawkins es profesor de etología y autor del
“ Gen egoísta”, un tratado sobre la respuesta
genética a determinados estímulos,
que proporciona muchas claves interesantes sobre
el comportamiento animal. |
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