Bien es verdad que este bello
deporte permite a quien lo desea escapar
del mundanal ruido y le brinda la posibilidad
de permanecer durante unas horas consigo mismo, sin
otra compañía que la que quiera otorgarle la naturaleza.
Sólo los pescadores conocemos la quietud y la paz
que proporciona asomarse a la superficie del agua,
como quien se asoma a un balcón suspendido sobre otro
mundo en el que impera el silencio, la suavidad de
las cosas.
Pero eso no quita para que, al
terminar la jornada, incluso el pescador más solitario,
sienta la imperiosa necesidad de contar cómo le fue,
de relacionarse con otros que comparten su afición
y comprenden el significado de su relato. ¿Qué sería
de la pesca si el aficionado no pudiera comunicar
luego aquello que le produjo tanto placer?
Y aunque, metidos ya de lleno
en la pesca de salón, nos asalte la impresión de que
los aficionados exageran(mos) –cosa que no niego-
me inclino a pensar que esto se debe más al prisma
de felicidad a través del cual presencia la jornada
el pescador, que al tamaño objetivo de sus capturas,
que, en este caso, pasaría a un discreto segundo plano.
En otras palabras: que el pez fuera más grande o más
pequeño es lo de menos. Lo que cuenta es el placer
enorme que sintió el aficionado cuando consiguió capturar
a su presa. Si, además, la devolvió al agua sana y
salva, menor que mejor: más felicidad.
La pesca en grupo.
Tampoco debemos olvidar que,
aparte de los aficionados que prefieren ejercitarse
solos y olvidarse del mundo por un rato –algo muy
recomendable, sin duda- son legión aquellos que aprovechan
su deporte favorito para disfrutarlo en compañía de
terceros. Desde grupos de niños que se inician en
la pesca como un juego, hasta jubilados que encuentran
en su afición un estimulante ejercicio, un aliciente
para no tirar la vida a la basura delante de un televisor
o varados en la barra de un bar. Afortunadamente,
aquí cabemos todos.
Entendida de este modo, la pesca
refuerza su componente lúdico, incluso propicia una
sana competitividad, un desafío constante pero grato,
una fuente de superación en la que beberemos complacidos
con la caña en la mano.
A veces, en la elección de ir
acompañados también intervienen motivos de seguridad,
que aconsejan la presencia de otros aficionados, máxime
cuando batimos zonas complicadas –como son algunas
de rompiente, por ejemplo- o que impliquen cierto
riesgo. En ese caso, recuérdese siempre que la naturaleza
puede mostrarse muy desabrida y cuando nos echa una
mano, suele ser al cuello. Por eso, para evitar accidentes
y no enturbiar con percances desagradables la satisfacción
que produce una jornada de pesca, conviene contar
con la compañía de otros aficionados.
