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| Truchas sin muerte. |
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Ahora que tenemos la temporada de salmónidos
encima, muchos de nosotros ya estamos desempolvando
el equipo, y nos aprestamos a ponerlo todo a punto
para el gran día del estreno.

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Comienza
un nuevo año en el particular calendario que la veda
impone en todos los aficionados a la pesca de estas
especies. Ya es hora de que comencemos a fantasear
con esos días gloriosos o penosos, según, pero siempre
emocionantes, que se avecinan. Y como todas las temporadas,
cada vez serán más los aficionados que se decidan
a practicar la pesca sin muerte, independientemente
de que el lugar elegido nos permita llevarnos las
truchas a casa.
Además,
debido a la sequía que ha sufrido este año gran parte
de la Península, al creciente número de centrales
eléctricas y otros obstáculos alojados en las cabeceras
de los ríos, que impiden un desove efectivo de los
salmónidos en muchas cuencas, así como otros males
que afectan a la calidad y cantidad de nuestras aguas
continentales, nada hace presagiar una temporada boyante.
Muchos
aficionados, tarde o temprano, tomamos conciencia
de lo escaso de este bien que son los salmónidos autóctonos.
Algunos lo hacen desde el convencimiento por razones
puramente técnicas, numéricas, echando cuentas del
número de cañas y del de especímenes “pescables”.
Otros, por simple espíritu conservacionista. Otros,
por razones personales que podemos o no compartir;
pero todos llegamos a la misma conclusión: es mejor
soltar nuestras capturas que arrebatárselas al río.
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| Lo que ocurre, es que,
llegados a este punto, muchos de los peces liberados
sufren graves trastornos que les ocasionarán la muerte.
Todos hemos sido testigos de la desagradable imagen
de un pez agonizando, con la boca rota u otros síntomas
de haber pasado por la mano del hombre. Mejor hubiera
acabado en la sartén, que varado en la orilla donde
morirá poco a poco.
Para
que esto no les ocurra a esas truchas que tanta satisfacción
nos proporcionaron, me gustaría incidir en una serie
de aspectos que a veces se nos olvidan, de cara a que
la suelta de estos peces resulte efectiva.
La
primera sería, sin duda, limar a conciencia la muerte
del anzuelo y pescar siempre con artificiales, a fin
de que el pez no trague más de lo necesario y su desenganche
sea fácil y poco traumático. |
Una
vez cobrado, debemos cogerlo con las manos mojadas,
y si podemos hacerlo sin sacarlo del agua, mejor que
mejor. Desgraciadamente para los amigos de los trofeos
fotográficos, retratarse con la captura suele ser
una de las principales causas de la mortandad en ejemplares
liberados.
Manipularemos
el pez de forma suave, evitando en todo momento introducirle
los dedos en las agallas. Esta forma de asirlo proporciona
una firme sujeción, pero, a menudo, le acarrea la
muerte. Éste es uno de los órganos más sensibles del
pez y debemos evitar tocarlo a toda costa.
Nunca
debemos arrojar el pez al agua, sino a muy escasa
distancia de la superficie. Mucho menos, lanzarlo
a nuestro compañero para que vea lo que hemos capturado.
Un pez, como cualquier otra criatura, se lesiona si
choca contra la superficie, especialmente en zona
de remanso. Así que lo introduciremos suavemente y
lo dejaremos nadar desde la palma de nuestra mano.
Nunca
jamás lo colgaremos de una percha, como hacen a menudo
los pescadores de bases y de lucios, para luego liberar
las capturas al final de la jornada. Esta práctica
mata más que ninguna otra.
Y,
por último, pensemos que ese pez, además de un bien
escaso, es nuestro amigo y nuestro aliado para que
sigamos disfrutando de esto que más nos gusta: meternos
en el río y escapar de todos nuestros problemas durante
el tiempo mágico que dura cada jornada de pesca.
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